24 de febrero de 2013

Se hace lo que se puede

Institución Educativa Pública La Samaria - Pereira, Colombia


Tres cuartos del total de proyectos que aparecen como "arquitectura peruana" en Plataforma Arquitectura son proyectos residenciales. La página chilena (que desde luego no expone una gran muestra de nuestra arquitectura) es un buen portal para medir lo nuestro con lo que tienen otros países. Por ejemplo "Colombia" reemplaza esa mayoría con instituciones como Parques Biblioteca o Colegios. Digamos, para no ser tan malos, que a los peruanos no nos gusta publicar mucho nuestras cosas y que también tenemos lo nuestro, ‘Colegios Emblemáticos’, por ejemplo. Claro, claro, lo residencial no es todo lo que hay en el Perú, sin embargo sí parece ser lo más representativo o, de repente, lo más aceptable internacionalmente.

Mientras gastemos nuestras energías en casitas de playa y casas de tamaños virreinales, seguiremos creyendo que vamos enrumbados en el camino de la buena arquitectura. Por supuesto que más lo creerá el cada vez más grande círculo de arquitectos de casitas de playa, tanta playa que tenemos para tanto arquitecto que también existe debe ser normal. Total, es lo que hay pues.

Si por mientras nos salimos de la arena playera -porque ya se acaban las vacaciones- y nos metemos a los colegios -porque ya empiezan las clases escolares- y miramos un ratito a las instituciones educativas, veremos que ese es todavía un sector casi inexplorado por la buena arquitectura.

Mientras sea un campo medio tabú para los arquitectos, nuestro país seguirá tranquilamente en esa erecta pirámide a la que estamos todos acostumbrados. Porque claro, nadie quiere meterse con la arquitectura educativa pública, tan ensuciada hasta el cansancio por la corrupción y los concursillos amarrados… Nada que ver. Tanto así que preferimos, con justa razón, dedicarnos a la arquitectura que está a nuestro alcance, la particular, la de los amigos y conocidos en donde la sucia corrupción, probablemente, no empañe nuestra creativa e ilustre labor proyectual. ¿Lo otro? No, gracias, pasamos todos. Por ahora no, es culpa del Estado, desde luego no es nuestra.

Mientras siga nuestra arquitectura en pedacitos, por un lado embelesados con ejemplos muy elaborados y primermundistas y por otro con obras que ni siquiera reciben la atención ni el calificativo de “arquitectura”, seguiremos en la última rueda del coche de Latinoamérica. Como ya vimos aquí muy cerca, la arquitectura educativa de nuestros vecinos, es abismalmente más desarrollada que la nuestra. Aunque claro, por razones que escapan a los arquitectos, diríamos con certeza, para no quedar tan mal parados. Desde luego, victoria pírrica la de nuestros vecinos, faltaba más. Por lo visto ellos ya superaron la etapa de la arquitectura privada, sus arquitectos más notables no andan siempre como grillos de playa en playa o de casita en casita.

Los colegios son una buena muestra de lo que, en nuestro propio país, no puede calificarse como “arquitectura”. La arquitectura de las instituciones educativas, sobre todo las públicas, va como cangrejo hacia un nivel mecanizado y tartamudo porque, como ya se habrán dado cuenta, todas son iguales; casi como pistas o veredas. Todas son olímpicamente predecibles y, duda no cabe, fácil de proyectar; tanto así que el arquitecto es casi innecesario.

Hacer un colegio como los de la mayoría del Perú, es sencillo. Hay que colocar un patio grande al centro. Hay que colocar luego, mirándose, dos pabellones con tres o cuatro aulas. Hay que respetar al norte y a su inevitable recorrido solar, ni un grado más, ni uno menos. Hay que colocar una escalera a cada extremo de los pabellones para subir a otras tres o cuatro aulas que se encuentran exactamente encima de las del primer piso. Hay que colocarle un balcón mirando al patio que una las escaleras de los extremos y las aulas que las acompañan. Luego hay que colocarle a las aulas las también necesarias ventanas altas y bajas a ambos lados, como las conocemos desde siempre. Hay que pintar los pórticos estructurales de un color distinto al de los muros de albañilería y separarlos con bruñas para que los pabellones no sean tan aburridos. Hay que colocar todo esto en un terreno. Hay que cercar el terreno. Hay que pintar los cercos de la misma manera (separando borde de relleno) para que los cercos no sean tan cercos. Las tres astas de bandera en el patio central y listo, el colegio está listo para formar los peruanos del futuro.

A esta arquitectura, por ejemplo, nadie la metería en un análisis serio de la luz, el espacio, y demás cuestiones de las que el arquitecto siempre habla porque, claro está, es básica, desabrida y carente de mínimas chispas de “creatividad”. De repente es cierto, esos colegios los puede proyectar, sin mucho esfuerzo, un ingeniero o una secretaria con una semana de clases intensivas de Autocad. Sin embargo es curioso saber que siempre hay un arquitecto detrás, ese personaje que es partícipe activo de aquellas fantasmales empresas que reclutan profesionales bajo el único interés de contar con su tan valiosa firma. Vaya triste destino el de algunos, estudiar cinco años para ganarse la vida haciéndola de apañador de la subestimación de una profesión y terminar así, firmando planos.

Ciertamente pensaremos que este tampoco es problema nuestro, ¡allá ellos y su triste vida! Quizás, con una buena dosis de razón, podríamos acusar al Estado y ¡por supuesto!... a nuestra desdichada suerte por tener un Colegio Profesional incapaz de respaldarnos y que sabrá Dios para qué diablos sirve.

¡Qué pena, lástima pues! -seguiremos lamentándonos- Ojalá se solucione el problemita y cuando así sea, nosotros como arquitectos responsables, expulsaremos todo nuestro poder creativo (en colegios con nombres de números y héroes nacionales) que, indudablemente, alcanzará resultados iguales o mejores que los chilenos o colombianos. Total, ellos también han de tener sus cosas no mostrables y nosotros también nuestras cosas buenas; claro, no hay que ser mezquinos porque para toda regla hay una excepción. En nuestro caso la regla no es muy alentadora que digamos porque mientras, nosotros seguiremos con nuestros proyectitos. Se hace lo que se puede, pues.

Por mientras nos escudaremos, con histriónicas rasgadas de vestiduras, en nuestra incapacidad y volveremos a nuestros cómodos sillones, a regocijarnos en el lado placentero del vaso medio lleno de nuestra arquitectura. Regresaremos a nuestras oficinas o a nuestras aulas universitarias, según sea el caso, para mirar y admirar, cuales zombies, a nuestra élite mediática de arquitectos y al enternecedor discurso de buena arquitectura con el que vienen acompañados. Vaya, como si sirviera de mucho tantísima buena formación y tanta verborragia si sólo termina vertiéndose en la puntita del iceberg de la arquitectura nacional: en exclusivos restaurantes, casas de 500 m2 y oficinas-high-tech.

Sí pues, no es nuestro problema y tampoco hay cómo darle vuelta. ¡Este país, cojones, no hace nada! diría Ciriani, y todos, como cándidos adolescentes, lo celebraríamos, ¡Oh, excelente!... ¡Por fin alguien lo dijo!... Sí pues, ni modo, no hace nada este país. Regresaremos a revisar nuestras revistas y veremos las imágenes que mensualmente nos atolondran, esas que muestran lo fotografiable y exportable de la arquitectura peruana con ese sensacional tufillo de estilo internacional que tanto nos encanta. Regresaremos a nuestra realidad, a retorcernos de placer admirando casitas de playa y edificios con departamentos de 200 m2


Por Israel Romero Alamo

2 comentarios:

Mauricio Gilbonio dijo...

Excelente crítica. Concuerdo con usted y mi molestia es la misma. Mi posición es de protesta contra esta decadente situación, siempre que puedo digo o hago algo que cambie el concepto que la sociedad tiene sobre nosotros.

Jesus Jauregui dijo...

Lamentablemente el articulo es acertado y la critica válida. Culpables: desde el Estado con sus leyes y normas que no alientan el concurso público -pasando por los municipios, CAP, empresa inmobiliaria, escuelas de arquitectura, etc.- hasta el mismo arquitecto que acepta los encargos a dedo pero condicionados a la voluntad y gusto del ente contratante. Propuestas: si no cambian los culpables entonces quedan los movimientos, los blogs, los colectivos y las mismos Talleres universitarios que pueden imaginar y proyectar una ciudad contemporánea con una arquitectura propositiva. Así empezaron a crecer arquitectónicamente los países que menciona el artículo.