7 de febrero de 2017

Cuando un edificio es bonito por fuera pero llora por dentro

Por Jeynner Gabriel Fuentes Mera


La ciudad de Chiclayo hace 19 años (para ser exactos el 14 de febrero del 1998) soportó una de sus peores tragedias climáticas: prolongadas horas de lluvia intensa, desbordes de acequias, alcantarillas colapsadas, viviendas inundadas y edificios momentáneamente inutilizables. Hace algunos días (a inicios de febrero del presente año) la ciudad soporto nuevamente fuertes lluvias, y, para gran sorpresa de sus habitantes, volvió a suceder lo mismo: desbordes de acequias, alcantarillas colapsadas, viviendas inundadas y edificios momentáneamente inutilizables.

Cuando la ciudad sufre una inundación es culpa de sus autoridades (eso estamos aprendiendo, por fin). Pero cuando un edificio falla ante la lluvia: ¿culpa de quién es?, ¿es culpa de la ciudad que no estuvo preparada para el edificio?, ¿es culpa del edificio que no pudo defenderse de las lluvias?, ¿es culpa, acaso, de sus proyectistas, ejecutores, supervisores, entre ellos, arquitectos e ingenieros?

Hace algunos días publiqué desde mi cuenta de Facebook una foto en donde se puede apreciar la manera tradicional de eliminar el agua de lluvias en un patio. A raíz de esto surgió un pequeño debate en la red social gobernada por el “like”, en donde es lógico todos tenemos voz, sea cual fuere nuestra posición. Sin embargo, me llama la atención el hecho de algunos al no poder controlar ciertas emociones y defender un incidente o una falla, vertiendo comentarios de indignación, en algunos casos, y de menosprecio, en otros con dosis de sarcasmo, claro está, por el simple hecho de haberse mostrado la manera tradicional de botar el agua de las lluvias en el Colegio de Arquitectos de Lambayeque como consecuencia de la lluvia intensa.

Colegio de Arquitectos del Perú - Región Lambayeque (2017) Fotos: Jeynner Gabriel Fuentes Mera

Entendamos que maletear no es criticar, esto no es ético. Hacer mención de deficiencias técnicas no es maletear. No hacer mención de las falencias es ser cómplice, y corremos el riesgo de caer en el círculo vicioso del “no voy a criticarlo porque es mi pata y luego se resiente conmigo" o del "no voy a hablar mal de la obra de mi amigo, porque si no más adelante no podré trabajar con él". El arquitecto Wiley Ludeña en sus clases de Crítica hacia mención de algo que él siempre creyó: “un crítico es un ser ermitaño y sin amigos”, ¿pero, en este caso, un amigo no es acaso el que te dice la verdad?

El arquitecto chileno Enrique Browne Covarrubias nos dice: “incomoda hablar de temas éticos, porque son difíciles de conocer en profundidad y evaluar con justicia. Pero es inevitable hacerlo, ya que pueden tener graves consecuencias críticas. En especial en el sensible ambiente arquitectónico, donde se cruzan amistades con rivalidades, lealtades con egos y celos. Además, al ser la arquitectura un arte-profesión, se estima que cualquier crítica negativa puede afectar la relación del autor con sus clientes… debido a lo mismo, la crítica suele ser vigilada de cerca por las asociaciones gremiales” (2011). Browne comenta además que para el caso específico del campo de acción en la producción arquitectónica “los arquitectos pedimos más y mejor crítica. Sin embargo, en general no la deseamos para nuestras propias obras, a no ser que estén precedidas de cierta incondicionalidad” (2011).

Es claro que Browne nos induce a pensar sobre la importancia de la ética del emisor y su capacidad objetiva, pues, a pesar de estar envuelta en relaciones afectivas con sus posibles receptores, que lógicamente se producen un ambiente subjetivo, dicha crítica no debe pender su objetivo social.

Una ciudad que goza de libertad, como Chiclayo, ¿no merece acaso de una cierta dosis de crítica, ya sea en sus edificios como en su planteamiento urbano? Como diría Josep María Montaner: "En primer lugar, es evidente que el contexto de la crítica es el de la geografía de la democracia, el de los territorios en libertad. Sólo hace falta ver cuáles son los lugares donde se han desarrollado estas tradiciones críticas o dónde existen los grandes museos y las grandes editoriales de temas artísticos. Ningún país, sin un vital y consolidado proceso democrático, puede aspirar a generar ninguna propuesta relevante en el campo de la crítica artística. [...]” (2011).

Wayne Attoe afirma que para mejorar la arquitectura, la crítica debe de plantearse dicha mejora como su objetivo principal. Para mejorar las cualidades de los elementos edilicios venideros ésta se debe sustentar en la crítica de sus elementos pasados, con visión de sembrar una enseñanza, y ésta, a su vez, brinde un enfoque hacia el futuro con el fin de mejorarlo. Sin embargo, Attoe advierte que “la razón de que la crítica arquitectónica no se ha podido desarrollar y extender es que, en su mayoría, los esfuerzos encaminados a lograr tal crítica no han tenido grandes repercusiones” (1982 [1978]). Por tal motivo debemos entender que la actitud de un crítico es fomentar su comportamiento como actividad humana, mas no como un enjuiciamiento.

En este sentido, qué hace a un edificio 'ajeno' a la crítica: es su calidad de edificio proclamado como perfecto y bonito; por la dinastía lograda de su proyectista; por su concepción teórica; o quizás, por ser elegido dentro de muchos otros edificios como el mejor para un determinado fin. Puede que la sede del Colegio de Arquitectos de Lambayeque tenga sus méritos ganados, y con justicia, pero, ¿hasta dónde puede llegar la responsabilidad del arquitecto creador cuando éste (su edificio) sufre a causa de una no consideración técnica? ¿o a quién se debe recurrir para tener una pronta solución como la sufrida en este último periodo de lluvias? ¿falló acaso el especialista en ciertas soluciones técnico-constructivas?

Proyecto del Colegio de Arquitectos del Perú - Región Lambayeque / Premio Nacional de Calidad Arquitectónica Celima (2007) - Arq. Carlos Palomino Medina

No se puede negar que el edificio ya está sufriendo por volver a soportar, y sopesar, cuestionamientos técnicos a causa, esta vez, de las lluvias. El aumento de la napa freática, las filtraciones del agua por sus vacíos, la inundación inevitable desde la calle, hicieron notar las falencias del edificio. Y son algunos factores que nos deben servir ahora de aprendizaje para superar futuros impasses. Hacer primar consideraciones objetivas para el beneficio del usuario son características intrínsecas de una ciudad confortable, evitando en la medida de lo posible considerar a los edificios como elementos aislados dentro de su entorno y la ciudad. La crítica es un factor que permite el análisis y evaluación, tanto a nivel de pregrado como a nivel profesional, en definitiva, para mejorar como ciudadanos. 

Una ciudad como Chiclayo, con periódicas lluvias intensas; sin capacidad desde las autoridades para ejecutar un sistema integral de drenaje pluvial; con una población votante que en su mayoría prefiere embustes, con candidatos políticos que ven más fácil comprar votos con bolsas de arroz en vez de ejecutar planes de desarrollo urbano u obras públicas que mitiguen y reduzcan los daños; con profesionales que poco interés mostramos al momento de tener criterio técnico en el planteamiento, ejecución y mantenimiento de un proyecto, no debe darse ya el lujo de esperar 20 años más para volver a pasar por lo mismo, y seguir llorando por dentro.


Bibliografía
Attoe, W. (1982 [1978]). La crítica en arquitectura como disciplina. México: Editorial LIMUSA S.A.
Browne, E. (2011). Arquitectura: crítica y nueva época. Santiago, Chile: Editorial STOQ.
Ludeña Urquizo, W. (1997). Ideas y Arquitectura en el Perú del Siglo XX. Teoría, Crítica e Historia. Lima: SEMSA. Servicios Editoriales Multiples SA.
Montaner, J. M. (2011). Arquitectura y crítica en Latinoamérica. Buenos Aires, Argentina: Nobuko.

10 de enero de 2017

Edificio genérico, infierno grande

Por Israel Romero Alamo


Edificio de la Caja del Santa (Nuevo Chimbote, 2017)

La Plaza Mayor de Nuevo Chimbote tiene una década de existencia, igual cantidad de años que la catedral, su vecina más importante. 

La catedral es un edificio grande para las edificaciones que rodean la plaza: bloques comerciales y residenciales de 2 y 3 pisos en promedio. Es lo que se espera de un edificio de este tipo. Es, pues, como solían ser las catedrales cuando la iglesia católica quería demostrar poder político, económico, social y cultural, allá por la colonia.

La de Nuevo Chimbote tiene planta en forma de cruz latina y fachada con alusiones renacentistas, barrocas y otros detalles de orígenes también europeos. Un collage occidental. Un edificio proyectado y construido a inicios del siglo XXI pero con la intención de darle al distrito (de veintitrés años de vida oficial) la forzosa connotación de “ciudad” con “historia”, como la que tienen ciudades del Perú que datan del siglo XVI o de inicios de la República.

El frente de la avenida Argentina, donde se ubica la catedral, el frente de edificios institucionales de cierta importancia (como el edificio municipal y el Banco de la Nación), acaba de inaugurar a su último inquilino: el edificio de la Caja del Santa, ganador del concurso arquitectónico desarrollado en el 2006 y terminado de construir a fines del 2016.

La privilegiada ubicación del edificio (un lote trapezoidal de poco menos de 500 m2 en la esquina entre Country y Argentina) asumía una solución que potencie sustancialmente la relación entre los edificios colindantes, teniendo en cuenta, además, la idea de ‘centro de ciudad’ que se pretendía.

Sin embargo, dos motivos terminan mostrando lo contrario.

En primer lugar, el carácter carente de solemnidad del edificio. La Caja tiene tres pisos y está compuesta por volúmenes transparentes y estructuras de concreto que intentan entrelazarse aterrazándose, como en un ejercicio experimental en el que la forma del objeto es el primer reto a cumplir. Un planteamiento autista que no tiene en cuenta la situación del edificio y la valía de la misma.

Un edificio institucional de este tipo y en este lugar, en teoría, debería intentar ser uno con algún indicio propositivo menos coyuntural, más histórico y con proyección, capaz de entender el potencial simbólico que éste en el futuro podría tener: algo que ‘perdure en el tiempo’ a partir de una búsqueda consciente del lugar y la época, lejana a eventualismos estilísticos.

Los eventualismos estilísticos que exhibe el edificio en cuestión carecen de aporte urbano alguno. Formando parte del “centro” del distrito, en vez de apaciguar el vedetismo, exageración y hedonismo de la catedral, el edificio de la Caja se aísla en una apariencia residencial (y comercial) bastante reincidente en la arquitectura de la costa norte del Perú, mal entendida en el inconsciente proyectual como solución práctica para todo tipo de situación. Esta arquitectura, de formas que juguetean para intentar creatividad proyectual, valgan verdades, es fácilmente replicable en un pasaje repleto de casas de estrecho frente o entre las discotecas y los bares del Malecón de Chimbote; y no por eso representarían, tampoco, algún tipo de aporte urbano o arquitectónico.

Aunque parecer casa o ser un potencial local lucrativo alquilable y multiusos no son delitos, el edificio de la Caja, lejos de aportar a una lectura congruente de su entorno y de servir de nexo entre la catedral preexistente y las previsibles construcciones comerciales que en el futuro (como sucede ahora) se plantearían alrededor, se satisface en una demostración poco seria, aislada y puramente visual de volúmenes y materiales ‘novedosos’.

Esto tiene su origen en la búsqueda a veces caprichosa de “modernidad”, que algunos creen se consigue amontonando formas de manera supuestamente lúdica y forrándolas en vidrio a partir de ideas preconcebidas que se crean desde las aulas universitarias para cualquier tipología y cualquier contexto. Todo esto, amparado bajo la sombra de la poco feliz y lasciva frase lecorbusiana en la que la arquitectura es “el juego sabio de volúmenes bajo la luz”; un a priori que gangrena la relación entre el objeto y lo que le rodea.

Ese daño no viene solo. Viene también heredado de la tergiversación adoctrinadora del concepto y la metáfora, cuyo epicentro, aquí, es el legado limeño de la escuela de Juvenal Baracco, sumado a varias revistas extranjeras de moda de fines del siglo pasado. Esta mezcla, a través de su escala formativa en Trujillo, le pasa factura a la arquitectura chimbotana desde ya varios años, siendo hoy parte del hilarante y universal lenguaje de pollerías y casas de ciudad que creen estar frente a la playa.

El segundo problema del edificio recae en su ceguera contextual/funcional. Al no existir parámetros urbanos claros para esta zona, los proyectista del sitio se entregan a su hasta ahora poco acertado libre albedrío.

En un ademán contextualista, la Caja replica de manera imperceptible las graderías del zócalo de la catedral, pero a continuación se sitúa al límite de la vía pública dando la espalda abruptamente a su vecino (el también nuevo Banco de la Nación) y a la catedral (y su retiro frontal) y con ello desprecia la fluidez peatonal y funcional de los usuarios de los otros edificios.

Visualmente, desde la Plaza, el banco y la catedral, la Caja es una barrera diagonal que, anclada en la disposición complicada de su lote, mira con altivez hacia otro lado. Si a esto se le incluye el grotesco muro colindante del edificio del Poder Judicial vecino trasero de la Caja— y el edificio de la Municipalidad ubicado en la esquina contraria, que más parece un multifamiliar pintado con los “colores del distrito”, se obtiene una zona repleta de edificios sincronizados bajo una total improvisación y esquizofrenia proyectual, incapaces de pensar la ciudad de manera integral o de conformar un conjunto amigable para obtener un centro urbano que a futuro pueda ser siquiera mínimamente valorable.

El distrito que en algún momento fue un manifiesto vanguardista de planificación urbana y que, por ello mismo, nunca tuvo Plaza sino Centro Cívico—, debido a una irrefrenable ansiedad por querer ser una “ciudad normal”, se va armando de manera forzada, por retazos y sin una visión íntegra que pueda tener en algún futuro algo que mostrar más allá de trivialidades como la de “la plaza más grande del Perú” o expresión de la ciudad que la acoge la de una catedral que quiere aparentar lo que nunca pudo ser: algo de otros tiempos y de otros lugares. 

El edificio de la Caja del Santa, como otros, es expresión de lo que es hoy Nuevo Chimbote. Un distrito en el que su arquitectura y su planificación divagan, y en el que sus proyectistas no se detienen a pensar más allá del lote de turno. 


Catedral de Nuevo Chimbote - Banco de la Nación - Caja del Santa (Nuevo Chimbote, 2017)

Avenida Argentina - Plaza Mayor de Nuevo Chimbote (2017)

12 de noviembre de 2016

Efecto Goldenberry o dos maneras de responder a la crítica

Por Israel Romero Alamo


Una página de Facebook con más de 12 mil seguidores no puede ser tomada a la ligera. Más si su público objetivo está conformado por el reducido número de 25 mil bachilleres/arquitectos y poco más de 50 mil estudiantes de arquitectura. No vale tanto por quien la haya creado o esté detrás (cosa que ya parece no importar), sino por la gente que por cualquier motivo la sigue.

Grandes Éxitos de la Arquitectura Peruana realiza la segunda edición de sus premios Goldenberry —mueca a los Golden Raspberry como parodia del Oscar, y en este caso como burla de la Bienal del Colegio de Arquitectos— como un ejercicio virtual y de pretendida democracia al permitir el "voto popular", y con cierta rigurosidad al tener un jurado especializado (Cristina Dreifuss, Javier Vera y Lucho Gris) que se compre el pleito de escoger "lo peor de la arquitectura peruana".

En esta última edición (2016), el primer premio se lo llevó Rodolfo Cortegana por su (rebuscado) discurso para la Biblioteca de Ciencias, Ingeniería y Arquitectura de la PUCP. El segundo fue para la casa Chullpas (Lima) de Luis Longhi. Y el tercero para el Paseo Yortuque (Chiclayo) y el edificio de la UTEC (Lima).

Todo esto ha generado más que sólo risas y comentarios fugaces. Por ejemplo, dos reacciones en las que vale la pena detenerse.

Una de ellas es la de Jorge Sánchez, miembro de Nómena. Los proyectos de espacio público de Nómena fueron duramente cuestionados por Javier Vera y Lucho Gris. Esto ocasionó el normal descargo de Sánchez a la crítica de Vera y este último efectuó la réplica respectiva. Ambos con justificaciones ciertamente coherentes. Para Sánchez, Vera critica el proyecto sin mayor conocimiento. Vera argumenta que su crítica se centra en el trasfondo de la obra de Nómena. Prometen en el futuro profundizar el tema.

En definitiva, una conversación vía Facebook con discrepancias y puntos de vista lejanos, pero capaces de entender la situación. Tengo que saludar la apertura de ambos. En particular la de Jorge Sánchez. No es la primera vez que responde a las críticas de manera abierta. 

Este hecho es importante básicamente porque es algo que no suele darse. En general, el defender con altura la crítica (o reconocer errores o excesos por parte de quien cuestiona) es un acto de humildad extraño en los arquitectos (peruanos). Bajar al llano y 'ensuciarse' para defender aquello en lo que se cree es un hecho replicable.

Si para algo sirve la crítica es para ello. Para que se aporte a la mejora por medio de la discusión.

La otra reacción ha sido la de Luis Longhi. Su reacción se ha mostrado en el bando opuesto. Ha reaccionado como si la opinión del otro, cuando es cuestionadora, no tuviese valía. Entre broma y broma Longhi expone su pavor e intolerancia a quien se atreve a ponerle peros a su obra. Para él las críticas son producto de la envidia; y lo peor de todo es que considera que dicha persona no está en capacidad de opinar de la arquitectura (su arquitectura) porque no la 'hace' y no está llena de la "dotación divina" de la que él se enorgullece.

Su postura es potencialmente dañina. Encapsula al arquitecto en un mundo creativo donde el centro son las ideas y la "intuición", y lo demás sólo dependencias prescindibles. No es positivo. De repente sí el primer año de estudios, pero no es pertinente su presencia rígida cuando aterrizar en la 'suciedad' del mundo real está a la vuelta de la esquina. Y a eso apunta.

Expresiones de Longhi como "tu envidia es mi progreso" o "qué sabe el burro de alfajores" no afectan a los aludidos, sino que crean en muchos de los que le siguen de manera casi fanática la idea errada del arquitecto como una persona incuestionable y perfecta. Estos son algunos de los prejuicios y perjuicios más grandes de los que adolece la arquitectura (en el Perú).

Pero no es exclusividad de Longhi. Es lo que piensan muchos de sus contemporáneos ampliamente cuestionados. Sin embargo, ninguno ha reaccionado para ofrecer algún tipo de descargo, como si responder a las críticas fuese rebajarse, o como si el crítico se tratase de un profesional inferior o un "perro chusco".

Ello posiblemente se deba a que estos arquitectos han sido formados (entre los 80 y los 90) bajo la concepción del arquitecto estrella. En la que la arquitectura era un objeto aislado e inmancillable. Intocable, ni por el usuario ni por un foráneo que se inmiscuye en su proceso creativo. Una postura reprochable e improductiva que en la situación de nuestro país no tiene suelo fértil dónde germinar.

En resumen, este tipo de reacciones responden a una cuestión generacional. La generación a la que pertenecen Javier Vera y Jorge Sánchez, y también Elizabeth Añaños —actual Hexágono de Oro, quien ha respondido en más de una ocasión directamente a los cuestionamientos—, está formada desde una aparente duda frente a "la arquitectura". Esa duda junto a una época de decaimiento de cánones permiten la discusión y la crítica constante, como algo natural.

Es evidentemente una situación distinta a la de arquitectos presionados por ser personajes y su arquitectura un objeto admirado. Para ellos parece sólo existir las referencias aduladoras o las descripciones a vuelo de pájaro. Para ellos, la crítica, cuando hace observaciones severas, es producto de un desorden universal que puede involucrar incluso la integridad mental o profesional del cuestionador.

Si algo hay que reconocerle a estos ejercicios, todavía extraños entre nosotros, que nacen desde el anonimato y con cierta violencia, es precisamente la onda reactiva que generan. No todo lo que se publica en estos espacios es crítica. Hay mucha broma (lo que no está mal) o apreciaciones que parecen gratuitas o que parten del prejuicio; pero también hay otros aspectos para mirar con detenimiento, dos veces y más allá de lo obvio.



2do Premio, Aguaymanto de Plata: Casa Chullpas. Comentarios del Jurado.
Imagen: Grandes Éxitos de la Arquitectura Peruana

23 de septiembre de 2016

Primer Concurso Nacional de Crítica Arquitectónica

La Chimenea y Divagarquitectura, con el auspicio de la revista ARKINKA, la página web ARCHDAILY y la librería ARCADIA MEDIÁTICA, convocan al Primer Concurso Nacional de Crítica Arquitectónica, que tiene como propósito fomentar la crítica independiente de la arquitectura, así como dar a conocer nuevas voces en la disciplina.

Inscripción: del 23 de Setiembre de 2016 al 20 de Octubre de 2016
Envío de consultas: del 23 de Setiembre de 2016 al 15 de Octubre de 2016 (arquitecturaycritica@gmail.com)
Respuesta a consultas:16 de Octubre de 2016
Envío de ensayos: del 17 al 21 de Octubre de 2016
Publicación de resultados y premiación: Del 07 al 12 de Noviembre de 2016

Más información en las BASES




24 de julio de 2016

Performance peruano (Parte II)

Por Israel Romero Alamo
Texto expuesto en la mesa redonda “Bienales y Concursos” del I Encuentro de Críticos de Arquitectura Peruana, donde participaron también Jorge Sánchez, Augusto Ortiz de Zevallos y Frederick Cooper, el viernes 22 de Julio de 2016 en Lima, Perú.


La participación peruana en la última edición de la Bienal de Venecia y la respectiva mención obtenida exigen ser entendidas desde varios frentes.

Hay tres cosas que diferenciar: El Plan Selva como proyecto aislado. El contexto, la producción y el efecto de la muestra peruana. Y por último, el objeto en sí mismo, el pabellón como producto final.

En el primer caso resulta satisfactoria la generación de un programa como el mencionado. Básicamente por la iniciativa estatal por mejorar la infraestructura educativa en sectores desfavorecidos y no por un supuesto y reciente protagonismo de la arquitectura, como suponen algunos. Los edificios eran una necesidad para dicho fin.

La respuesta del grupo de arquitectos del Plan Selva ciertamente es positiva. Mérito para el equipo liderado por Elizabeth Añaños. Un trabajo necesario en el rubro teniendo en cuenta los lamentables episodios (hablando de arquitectura educativa) generados por el gobierno fujimorista y los pocos cambios de los posteriores. Es sin duda un esfuerzo que merece ser resaltado y que se ha ganado por fuerza propia su difusión.

En segundo lugar, de manera distante y por otro camino, aparece la participación peruana en la Bienal. Compuesta por miembros de la Asociación de Estudios de Arquitectura, replica como puesta en escena lo hecho en las ediciones del 2012 y 2014, incluso con concurso de por medio.

Por los antecedentes en las ediciones anteriores, la recurrente lectura precaria del grupo en mención parece recién haber entrado en sintonía, en el 2016, con lo que Fredy Massad llama una "sacralización pornográfica de lo pobre", habiéndose establecido esta suerte de moda en la Bienal del 2012. Sin pretenderlo, en ese año, Torre David incitó a ello.

En el 2012 los participantes nacionales, orientados por la moda nacional de turno, el desierto peruano, no dieron cuenta de lo que a escalas internacionales se pensaba. La participación del Perú no solo estuvo desubicada y lamentable, sino también –como manifestación cultural que es la arquitectura– osó demostrar la esencia de los arquitectos peruanos, quienes en este caso, coincidiendo con su labor proyectual, terminaron gestando en las 'huaquetas' a objetos egocéntricos y fantasiosos, como si la Bienal se tratase de una pasarela de exhibicionismo personal o sectario.

Luego de la tímida participación del 2014, la conversión viene recién en la versión del 2016. En esta parecen recién haber coincidido con lo que ya se hallaba en vigencia de la mano de las conocidas inclinaciones populistas de Alejandro Aravena. Se concentró, para el caso peruano, lo que en otros contextos ya viene dándose: el aprovechamiento de lo "social", lo "inclusivo" y lo "responsable" para fines publicitarios. Expresiones como las de Rem Koolhaas, abogando por una atención hacia ‘el mundo rural’, sólo puede generar alarmas al desvestirse tal oportunismo mediático como manifiesto de un pasajero espíritu de la época, despojándose, ahora, recién, de su regodeo neoliberal de fines de siglo XX para entrar en sintonía con lo que hoy parece convocar al último episodio en boga.

Entonces la pobreza aparece como objeto expositivo. Y es el mensaje que entienden quienes para el 2016 deben hablar del Perú a nivel internacional. Y aquí es, lamentablemente, donde encaja casi con total perfección el programa Plan Selva, convirtiéndose en un inocente (pero útil) chivo expiatorio para fines propagandísticos.

La inocencia temática alcanza niveles tragicómicos en el bando peruano, y tal impostación ha sido asumida temporalmente por los artífices de la hazaña.
Las contradicciones no son pocas, y esto debe mencionarse para no caer en el fácil argumento ad hominem. Por ejemplo, resulta por lo menos incierto que quienes siempre fueron starchitects, cuestionen el papel del arquitecto como creador autónomo, como estrella, cuando ese era el papel que habían asumido con naturalidad en el 2012 y en la totalidad de su obra proyectual. Adecuándose a este fugaz episodio, de pronto, el objeto ya no es en sí importante, sino el contexto socio-político que lo vio nacer, de pronto la arquitectura ya no debe ser para quien puede costearla, sino, por el contrario, para las masas desfavorecidas. Estamos presenciando en nuestro contexto la misma mutación con fecha de extinción de los arquitectos de escala internacional.
Frases de Jean Pierre Crousse, actual Hexágono de Oro, como “La apuesta de Aravena es ir a contracorriente con lo que ha sido el ‘mainstream’ arquitectónico que gira en torno de las grandes estrellas” u “Hoy en día es importante ver la arquitectura en los lugares donde no se ve la presencia del arquitecto”, en su ligereza de palabras demuestran que para la presente ocasión era hacia ese punto donde forzosamente había que enfocarse para encontrar un casillero en la estantería internacional. De esta manera, con implícita demagogia relativiza las iniciativas de quienes en la práctica han asumido ese papel de arquitecto alejado del stablishment, desde las sombras y sin esperar nada a cambio y desde hace mucho tiempo atrás.

La generación de arquitectos expositores pertenece a la de fines de siglo pasado, formada en el auge del arquitecto estrella internacional. Era el objetivo al que se apuntaba en esa época. Por lo que una metamorfosis repentina de tal envergadura resulta cuando menos sorprendente. Frente a esto, una posición menos personificada y protagonista es la que asume la generación más reciente. Como, probablemente, la de los autores operativos del Plan Selva y de una serie de iniciativas personales que en distintas dimensiones y perspectivas optan por alejarse del rol de starchitect por fines
menos irrelevantes.

Pabellón de Perú en la Bienal de Venecia 2016. Fuente: PUCP

El tercer punto es el objeto, el pabellón. Este es una deducción de lo anterior. En coincidencias de miradas con la organización, asume la postura que la Bienal necesita para la vedettización de la pobreza. En esta puesta en escena el objeto de exposición, el Plan Selva, asume el rol de Pocahontas sudamericana en el primer mundo. Y su exhibicionismo puede conseguirse sólo de manera trágica, desenfrenadamente indigente y conmovedora, triste y a la vez fotografiable, compadecible y enmarcable, como suelen entender muchos lo pobre cuando por primera vez lo tienen al frente.
Con experiencia en el tema, los curadores hacen que el pabellón peruano cumpla con los objetivos de la Bienal. Transmite lo que tenía que transmitir, conmueve lo que tenía que conmover resumiendo una impecable teatralización del tema con la requerida calidad expositiva que con razón, seguramente, varios indican y defienden. El trabajo denota una buena lectura de la coyuntura global. Se viste de sus sedas y por ello obtiene la mención. El Perú, en el 2016, se ha adecuado bien al momento. Habrá que esperar a ver cómo responde, o se adecúa, al siguiente.

¿Puede la crítica observar estos fenómenos aun cuando se hallen cubiertos y en las mismas estructuras económicas y sociales que el crítico? ¿Es el crítico de arquitectura en el Perú capaz de desvestirlos y exponerlos?

24 de junio de 2016

Performance peruano (Parte I)

Por Israel Romero Alamo


Ha pasado tiempo suficiente para el protagonismo de reseñas satisfechas, optimistas y/o condescendientes acerca de la participación y la mención del Perú 
y todo lo que ello conlleva y significa en la Bienal de Venecia (2016).

Eso, es cierto, estuvo bien cuando el receptor era el ‘público general’, uno que no estaba inmiscuido en la arquitectura y que necesitaba una pequeña porción adicional de orgullo nacional, aun cuando esta venga acompañada de intereses de las grandes corporaciones mediáticas (El Comercio, por ejemplo).

Entre arquitectos, el análisis debe ser sin mucha sonrisa fácil ni palmadas en la espalda, y sí más riguroso. Profundo, resaltando los aspectos positivos del mismo. O intentarlo, al menos. Y, sobre todo, aun cuando los arquitectos también necesitemos inyecciones de buenas noticias con dosis generosas de alta estima, la crítica debe priorizar su fin existencial: aclarar el panorama. Retirar la neblina, el humo de colores, los globos y las luces que distraen, antes, durante o después del festín.

Aunque la observación utilitaria del objeto final qué tan bien funcionó o se vio el performance esté bien, hay situaciones que merecen un poco de atención. Como dicen Roberto Segre y Eliana Cárdenas (1982), la valoración de la crítica debe dirigirse también a aspectos estructurales, como los contextuales o los referidos a su relevancia social, histórica y disciplinar. Las coyunturas del objeto a veces se acaban en sí, y pronto.

Refiriéndonos al tema en mención, casi nulas han sido las críticas de lecturas siquiera más penetrantes, tanto en el 2012, en el 2014, o ,como se ve, en la última edición. Llama la atención que los principales espacios universitarios, que en muchos casos se jactan de sus logros, referentes o fortalezas, no sean capaces de cultivar (o incluso permitir) la revisión crítica de episodios relevantes como el mencionado. O hay conflicto de intereses, o no hay preocupación por la mejora a través de la crítica, o no se tiene la suficiente ‘capacidad’ para hacerlo, o simplemente no es ‘lo de uno’. Poco favorable en cualquiera de los casos.

Cuando se han referido al tema personas o espacios ‘oficiales’ con cierto grado de cobertura y conocimiento de causa como la importante cantidad de artículos y entrevistas publicadas en El Comercio, Arkinka, Poder o Archdaily, a lo largo de las tres ediciones, o las conferencias universitarias referidas al tema ha sido con lecturas incapaces de conmover para bien el panorama arquitectónico peruano. Lo acarician o evaden como si se tratase de una escena paradisiaca predestinada a un final feliz.

La crítica, brusca y accidentada, ha venido de espacios underground, como quien tira piedras y se esconde en su guarida virtual. Desde el anonimato. Y a falta de una postura crítica ‘oficial’, esto último es sano e incluso replicable.

La crítica debe ser esclarecedora. No puede limitarse al anuncio publicitario, a la afonía cómplice o al balbuceo resignado, ni tampoco al temor o al qué dirán. El éxito de un episodio nacional no debe citar al silencio diplomático, ni a automatismos festivos. Y mucho menos puede formar parte de una maquinaria grupal de baja coerción inquisitiva, en la que no se pueden emitir juicios siquiera más lúcidos de un hecho sólo porque representa un logro nacional al que hay que necesariamente, por ser peruano sumarse, o apoyar, cuales devotos.

Trabajo duro el de la crítica, y de apariencia poco alegre. Pero útil frente a arenas movedizas y aguas mansas.

Pabellón de Perú en la Bienal de Venecia 2016. Fuente: PUCP

16 de mayo de 2016

La Biblioteca y el Aulario: la falsa innovación


Por José Acaro


Estas dos construcciones en el campus de la Pontificia Universidad Católica del Perú, desde su proyección hasta su ejecución, han sido bastante respetadas, adornadas con críticas amables, y altamente difundidas por la comunidad arquitectónica. Tienen la intención de volverse paradigmas que reflejen una supuesta renovación que parece haber comenzado hace algunos años en la arquitectura local.

Reconocer y explicar lo que sucede en el ámbito local es algo que no buscaré resolver, pero probablemente pueda adelantar lo que considero se debe hablar sobre la obra de los arquitectos Patricia Llosa y Rodolfo Cortegana (Llosa-Cortegana), autores de estas edificaciones.

Antes de poder hablar de estos proyectos me interesa precisar que las observaciones que tengo acerca de éstas se sujetan a una posición que busca ir más allá de mirar a los proyectos y a sus estrategias respectivas, con el objeto de esclarecer el punto de vista que los hizo realidad. Un punto de vista cuyo resultado se obtendrá por lo que se puede interpretar al revisar el conjunto de las obras de los autores.

Para comenzar, la posición que Llosa-Cortegana difunde como oficina es bastante reconocible si uno se acostumbra a revisar sus proyectos. Si queremos centrarnos en términos bastante evidentes, sólo basta ver su manera de entender la fachada para reconocer cierta voluntad de ser claros en esta transición del esquema general en planta a la lectura exterior. Es altamente probable encontrar áreas importantes recubiertas con un tipo de carpintería vertical. Es casi un sello autoimpuesto. Esto refleja una voluntad de la oficina de sacar de la mesa algunos problemas, evadirlos para ganar algo.

Por ejemplo, una estrategia que obtienen es la manipulación de los ángulos en planta con el objeto de maximizar efectos. Su fuerte deseo de construir un espacio diverso tiene que ver con esta decisión. Esta lógica nos dice algo sobre Llosa-Cortegana; nos habla sobre su nivel de interpretación. Al decidir quebrar una planta lineal en ángulos diversos y entender su interior-exterior como una respuesta reductiva, se evaden los significados de la diversidad suprimida con la idea de compactar problemas para tener tiempo de hablar de espacio.

Esta lógica no tiene relación con el tipo de proyecto que se encargue, es decir, abordan la función y la resuelven, pero siempre como un momento incomodo que debe ser superado para poder entrar a la etapa en la que se pueden hacer más juegos formales: alas funcionales subordinadas al momento importante.

La intención de extraer este molesto lastre de significados diversos no es algo accidental; después de todo es muy común en oficinas con esta escuela neo-moderna heredar este deseo por una higiene platónica (1), cuyo objetivo es la ambición formal. El problema de este ejercicio académico y de aprendizaje universitario se concreta cuando se cambia la escala, cuando ya no se habla de una casa y estamos ante una biblioteca o un aulario.

Estos tipos de proyectos tienen fuertes relaciones con sus propios valores, su propia lógica. Ahí mucho de lo que puede ser virtuoso nace de entender cuidadosamente qué es cada cual. El truco de anular qué es cada cosa y sólo volverlos paquetes funcionales puede volverse un problema desde varios flancos.


Interior Biblioteca PUCP (Llosa-Cortegana Arquitectos) Fuente: Archdaily

La nueva Biblioteca decide partir de la máxima de separar los lugares funcionales y el flujo vertical. El flujo es el lugar donde Llosa-Cortegana hacen un ejercicio escultórico. Tal parece que es innecesario recordar si una biblioteca es biblioteca cuando todo es espacio. En este caso los arquitectos deciden volver la circulación vertical una transición sumamente oscura (casi parece el periplo que el Museo del Lugar de La Memoria diseñado por Barclay & Crousse debió manifestar), un lugar denso, una opresión casi propia de un holocausto.  Me gustaría que no se entendiera esto como una defensa que indica que este tipo de ambientes tiene que ser de un modo determinado. Lo que me parece grave aquí es que esto refleja el desprecio que Llosa-Cortegana evidencian por lo que puede significar algo más allá de la forma. La máxima de espacio puede terminar construyendo una biblioteca con un clima lúgubre, casi esclavizante.

Esta gran oscuridad con alturas importantes, que parece estar dentro de un museo prehispánico, busca generar algo. Por un lado, Llosa-Cortegana quieren lograr monumentalidad interior, y por otro, poder lograr una superficie exterior con la suficiente cantidad de muro ciego como para poder explicar su (innecesaria) analogía de una huaca moderna.

Esto refleja las consecuencias de mezclar, primero: el desinterés por entender el significado de determinados proyectos y su diversidad, y segundo: revestir todo este desinterés con una piel de un significado falso, una pantomima que busca vender la idea de que aquí hubo una reflexión sobre el significado relacionado con la huaca contigua. El resultado es una mezcla sin cohesión y con mensajes extraños.

El segundo proyecto es mucho más elocuente. Si a alguien le quedaba dudas de que a Llosa-Cortegana no le interesaba revisar las tipologías, debe mirar con atención el Aulario adyacente a la Biblioteca. El Aulario parte de la premisa de deformar un tipo clásico: el pasillo al lado de aulas. Primero se resuelve la función respetando el esquema clásico, el segundo paso es añadir y quitar elementos para hacerlo más “diverso”. El resultado final es un tipo de edificio sin ningún aporte más allá de su maquillaje, creyendo que con eso se logrará difuminar la vulgaridad de su organización.

Exterior del Edificio de Aulas de Ingeniería y Ciencias PUCP (Llosa-Cortegana). Fuente: Archdaily

Esto no sólo es grave como proyecto, el gran peligro del Aulario es vender el discurso que se puede hacer arquitectura de este modo. Los grandes aportes no se basan en el aspecto, sino en la estructura subyacente que hace posible todo, entre estas cosas, lo que se puede ver.

Llosa-Cortegana ha construido una manera de hacer arquitectura que se basa en la vieja retórica moderna de eliminar variables para dominar un discurso de higiene platónica. Este razonamiento, al igual que el de muchos arquitectos locales, funciona de cierta manera… hasta que se debe salir del umbral de una casa de lujo. Cuando no se trata de hablar de espacios, o de dobles alturas, o de tratar de resolver lo funcional para poder comenzar a diseñar, sino dar vueltas sobre otras cuestiones: jerarquía, significado, organización, el sentido de la superficie en un determino tipo de proyecto, reevaluar el tipo arquitectónico, todo lo que hace posible que en realidad un proyecto tenga un sostén novedoso.


Referencias:
(1) Voluntad de la arquitectura moderna por someter cualquier variable dentro de un proyecto a criterios canónicos de la geometría, desterrando los defectos inherentes del hombre y de sus ciudades.