29 de agosto de 2015

Nuestra crítica urbanística: el arquitecto y su “lucha” por el derecho a la ciudad


Cuando hablamos de un arquitecto “tradicional” en nuestro medio, instantáneamente se nos viene a la mente aquél arquitecto de moda de finales de los cuarenta de Un mundo para Julius, fiel al servicio de las élites económicas, siempre resguardando sigilosamente privilegios de clase o haciéndose de la vista gorda ante ello con el fin de preservar “su arte” y escalar socialmente. Hoy que esta visión ha cambiado, debido a que ya no existe solo una facultad de arquitectura (con todas las implicancias positivas y negativas que esto acarrea) y que el acceso a la educación ha dejado de ser, lentamente, privilegio de una única clase social; resulta importante reflexionar sobre el rol de ese arquitecto “tradicional” en nuestra era.

¿Existe una forma “tradicional” de abordar la escala urbana en nuestro medio? La intrascendencia del arquitecto “tradicional” como factor determinante en la planificación de nuestra capital es un hecho fácilmente comprobable desde diferentes frentes. Basta recordar que solo el 30% de la ciudad de Lima tiene un origen planificado; mientras que el 70% surgió de la informalidad, de la “espontaneidad” urbana, del olvido.

Pero por más egos que innumerables y contundentes indicadores puedan pisotear, quizás, más importante que re-afirmarlo, sea el plantearnos preguntas de cara al camino futuro:

¿Qué enseñanzas podemos sacar del papel de nuestra profesión en el pasado? ¿Cómo nos enfrentamos a una realidad que se reproduce sin entender ni necesitar a nuestra profesión? ¿Cómo combatimos el status quo como profesionales, como estudiantes, como activistas? ¿Qué escala de intervención sería la más adecuada en un contexto territorial totalmente carente de planeamiento? Y sobre todo, ¿cuáles son los límites del accionar de nuestra profesión?

Desde el discurso

El arquitecto “tradicional” ha estado y está totalmente divorciado de las grandes mayorías populares que hoy conforman nuestra urbanidad. Quizás porque su formación lo inclina a creer que es cuestión de plantear soluciones inmediatamente cuando ni siquiera entiende bien la realidad en la que opera, o quizás porque se desempeña dentro de cierta endogamia profesional que evita lo multi-disciplinario y que, por tanto, le impide entender que ciudad y urbanización aparecen hoy, más que nunca, como procesos de de-territorialización y re-territorialización infundidos por relaciones de poder y control (Swyngedouw, 2006) en las cuales muchas veces solo sirve de instrumento. Esta última consecuencia no necesariamente tiene una connotación negativa, siempre y cuando se asuma desde un principio sin tratar de esconderla bajo el velo de heroica cruzada, en la que un incomprendido y estoico profesional se levanta todos los días a cambiar el mundo al estilo Ciriani, cuando la realidad dista mucho de ello.

Cuando el arquitecto “tradicional” intenta abordar la escala urbana con mirada crítica suele hacerlo con tibieza y unidireccionalmente. Esto, en primer lugar, debido a que no termina de comprender nuestro territorio, al cual sigue mirando con una incompleta lógica ultra-occidentalizada, la cual, por ejemplo, reduce Lima al triángulo comprendido entre el Centro histórico, Miraflores y el Callao (básicamente puerto y aeropuerto); sin tomar en cuenta aquella ciudad que se erige más al norte, este o sur de estos confines, aquella ciudad que no controla, que le resulta arisca e incomprensible. El conflicto Lima “civilizada” versus Lima “periférica” en toda su expresión; o como también suelen suavizarlo por ahí: Lima “moderna” versus Lima “emergente”.

Basta leer los artículos de Cooper, Ruiz de Somocurcio, Ortiz de Zevallos o los integrantes de URVIA. Sea con sus propuestas para urbanizar la isla San Lorenzo, ocupar los acantilados de la Costa Verde, o asumiendo a los edificios como la matriz principal de una ciudad; su poco conocimiento de la estructura ecológica de la misma y de sus procesos naturales acaba convirtiendo sus “buenas intenciones” en proyectos ultra-urbanizadores que (posiblemente sin darse cuenta) terminan haciéndole el juego a la voracidad de ese mismo “neoliberalismo salvaje” impuesto en el país desde los noventas, del cual a veces parecieran querer marcar distancia con una tendencia más bien “social”. No es sorpresa que modelos de ciudad como el de Medellín, donde la solución se basa en la infraestructura y no en la transformación socio-económica de las condiciones estructurales que generan desigualdad, sean sus preferidos.

Por otro lado, aquellos autodenominados “críticos” tampoco contribuyen demasiado al panorama lanzando sus críticas a entes abstractos como la “especulación inmobiliaria”, la burocracia estatal, la “arquitectura chicha”, la falta de espacio público, sin tocar jamás el fondo del asunto. Porque al igual que los primeros, jamás han hecho el esfuerzo por entender a aquellos que dicen defender, ni por recorrer aquellos espacios de la ciudad donde se reproducen, a escala micro, los problemas de los que hablan.

Desde el activismo

Asistimos a la banalización de lo “social” como alternativa real de cambio y, sobre todo, al deslinde de toda responsabilidad en la caótica conformación actual de nuestra ciudad por parte de cierta élite profesional que busca aparecer como salvadora ante el desastre y que, últimamente, desde sus cuadros más jóvenes (siguiendo el modelo Medellín), reclama más acción política del arquitecto para transformar la ciudad.

¿Acaso la élite arquitectónica no ha estado coludida con los diferentes gobiernos a través de la historia? ¿No tuvimos acaso un presidente arquitecto que en lugar de entender las reclamas populares e indígenas ante sus políticas territoriales prefirió bombardearlas con napalm y metralla para acallarlos? ¿No son acaso los vergonzosos episodios de los concursos sin premio del Ministerio de Cultura, una muestra más de poder y colusión con el gobierno de turno de una élite en desmedro del ejercicio profesional del resto?  Desde siempre la élite arquitectónica ha estado aliada a ese poder que hoy, sea por omisión o acción, prefiere hacerse de la vista gorda ante los problemas reales de la ciudad.

“Pero 'matar al padre' implica también romper con las ideas de aquellos maestros y colegas que validan el sistema contra el que protestas. (...) Si aquellos colegas que validan el sistema te dan palmaditas en la espalda, tu protesta no incomoda. Si, a pesar de formar parte principal del problema, esas autoridades gremiales se sienten con toda la comodidad para darte recomendaciones sobre cómo protestas y por qué debes luchar y lo aceptas de buena gana, ¿de qué sirvió tu gesto?”

La crítica toma, entonces, un papel fundamental en la coyuntura actual, debiéndose entender a la protesta como una forma de acción crítica llevada a las calles. En este sentido, el estallido popular experimentado en el Valle del Tambo, Arequipa hace pocos meses ha tenido una fuerte resonancia en diferentes regiones del país, incluso en nuestra capital, bastión del más rancio conservadurismo socio-cultural y económico. La cual a su vez forma parte de un estallido mayor de reivindicación de derechos a escala nacional, que remece las áreas urbanas del país, donde encuentra mayor resonancia. Un ejemplo claro de una marcha por un objetivo específico local, que logra tener resonancia nacional.

Por su parte, dentro de esta coyuntura, una serie de colectivos estudiantiles decidieron reclamar por una ciudad más “justa” y por una “Lima planificada”. A voces de “haremos historia” y “vamos a dar el ejemplo” se lanzaron a llamar la atención de nuestras autoridades, recibiendo sin embargo total indiferencia por parte de las mismas.

Por las posiciones tomadas al tratar de alzar su voz colectivamente ante cierta coyuntura, entendemos que una cierta actitud de “matar al padre” se encuentra presente en este tipo de marchas, por el objetivo de romper con la actitud apática con que las autoridades ediles y sobre todo los representantes de los gremios profesionales y académicos han venido actuando durante los últimos años frente a la ausencia de reformas consistentes para la ciudad.

Esto implica, entonces, el romper con una cierta formación urbanística “tradicional” que se genera en las escuelas de arquitectura, con miras a generar un cambio positivo en la sociedad y es a esta actitud iconoclasta a la que nos referimos al hablar de “matar al padre".  Pero “matar al padre” implica también romper con las ideas de aquellos maestros y colegas que validan el sistema contra el que protestas. Para eso hay que ir donde ellos no llegan y sobre todo luchar por aquello que les resulte incómodo aceptar. Si aquellos colegas que validan el sistema te dan palmaditas en la espalda, tu protesta no incomoda. Si, a pesar de formar parte principal del problema, esas autoridades gremiales se sienten con toda la comodidad para darte recomendaciones sobre cómo protestas y por qué debes luchar y lo aceptas de buena gana, ¿de qué sirvió tu gesto?

Si te aplauden aquellos profesores auto-proclamados “marxistas” cuyo máximo sinónimo de “lucha” fue escribir alguna vez una dedicatoria a Construcción Civil, pero no compartir sus luchas  en las calles, ni entenderlas de cerca, entonces cuestiónate si tus medios llegarán algún día a cumplir tus objetivos.

Hacer crítica mediante nuestra voz, escritos o acciones no es cuestión de citar a más autores occidentales para demostrar que sabes tanto como aquellos seudo-intelectuales de nuestra élite profesional. Todo participante anónimo de protestas populares que hayan llevado a conquistas de derechos básicos o a detener proyectos nocivos para el país sabe de sobra que la lucha en las calles no se gana desfilando en forma autista (entre arquitectos apartados de las reales demandas populares), cuidando sigilosamente no salirnos de donde nos indiquen las fuerzas del orden que debemos desfilar. Ser verdaderamente críticos significa incomodar al poder, golpear con energía las bases mismas de ese sistema que te dice que nada debe cambiar y que busca mantener el status quo argollero, endogámico, inactivo, conformista, indiferente, ególatra, clasista, servil y venal. Una protesta verdadera tiene que joder o de lo contrario no es protesta, es desfile.

Por otro lado, considerando que los arquitectos y urbanistas formamos parte de la sociedad y no somos un apéndice aparte como muchas veces se trata de mostrar, es importante el cuidarnos de no crear luchas paralelas, externas al camino del resto de la población. Hay que incorporar las luchas populares a las nuestras. Aprender del ciudadano común y no del mal académico que nunca los acabará de entender, ni se dejó entender por ellos por hablar (y escribir) en elaborados artilugios castellanos, introduciendo de cuando en cuando frases en latín, francés o alemán para oírse más sabio. No creemos instrumentos paralelos de lucha, sino incorporemos los populares. Los Shipibos de Cantagallo con su sola tenacidad y fuerza, han logrado más que todos los hashtags, pronunciamientos inútiles, conferencias, desfiles y “tomas” de espacios públicos de los “activistas urbanos”, al sentar en una mesa de diálogo a las autoridades de la ciudad y exigirles frente a frente sus derechos.

Banderolas colocadas por estudiantes de arquitectura en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo - Universidad de Buenos Aires, Argentina. 2014. Fuente: Fotografía propia.

Reflexiones para el futuro

Ante la coyuntura expuesta, es absolutamente necesario direccionar las luchas de gremios y colectivos, enfocarlas hacia objetivos específicos (pedir una ciudad planificada no es mala idea, pero es muy poco concreto) y sobre todo definir claramente nuestra escala de acción.

Lograr un cambio en una coyuntura tan caótica como la nuestra implica (hoy más que nunca) ser conscientes de aquella relación “pesimismo de la realidad; optimismo de la acción” que José Carlos Mariátegui reclamaba en las nuevas generaciones (Mariátegui, 1959) y gestionarlo escuchando, entendiendo e integrándose a las luchas del hombre común. ¿Acaso no son válidas, las luchas barriales de los comités vecinales o las luchas territoriales de nuestros pueblos indígenas y de nuestras comunidades campesinas? El otro camino (el del autismo profesional) lleva directamente a acabar como esos críticos “anti-sistema” que ayer escribían incendiarios discursos y hoy se unen al “té de tías” de la argolla que les da un rinconcito en sus altares y les permite figurar en sus publicaciones.

Si no se quiere asumir una postura netamente técnica (lo cual es una opción perfectamente válida también) y se busca lograr un cambio estructural, hay que asumir que esto es una lucha política y definir la escala de acción, pero integrándola a su vez a una escala mayor. Para eso hay que direccionar la lucha; definir los objetivos (programa nacional de vivienda barata, el buen vivir, los derechos laborales, la sindicalización de la profesión, etc.); conocer los alcances del movimiento y establecer estrategias definidas ¿Acaso no lograríamos más presionando colectivamente al CAP para que vele por los derechos laborales de los recién egresados o para que no avale concursos sin premio?

Los objetivos no faltan y los arquitectos los necesitamos al igual que el resto de la sociedad.


Bibliografía
Bryce, A. (1970). Un mundo para Julius. Lima: SM/Lima.
Mariátegui, J. C. (1959). Temas de nuestra América. Lima: Amauta.
Swyngedouw, E. (2006). Circulations and Metabolisms: (Hybrid) Natures and (Cyborg) Cities. Science as Culture, 15(2), 105–121.

1 comentario:

Fabio Portocarrero dijo...

Excelente artículo. No pudiste haberlo dicho mejor. Sin embargo, no creo que asumir una postura netamente técnica sea perfectamente válido. No existe lo "netamente técnico" la inacción o la aparente neutralidad siempre sirve, consciente o inconscientemente, a una posición política . Ya debemos superar ese denominado "tecnicismo".