18 de febrero de 2016

Demonios Prehispánicos (Parte II)

¿Neoinca sí, cholets no?

Por Israel Romero Alamo


Si en algo pueden estar de acuerdo varios arquitectos peruanos –encabezados por Frederick Cooper– es en la pobreza arquitectónica de la obra de Freddy Mamani Silvestre, catalogada –no sé si bien o mal– como ‘neoandina’ y vagamente como ‘cholets’.

"La producción de Mamani carece totalmente de valor arquitectónico y reposa más bien sobre una forma decorativa, producto de la crisis educativa en Bolivia. Hay un disfuerzo en la búsqueda de esa concurrencia de materiales estridentes, colores chirriantes y de una extravagancia estética que no le hace justicia al Tiahuanaco, sino que son una afrenta hacia su legado. Lo penoso es que este modelo se repite en plazas y parques de la sierra peruana, donde la ignorancia alumbra monumentos ridículos con velos progresistas". (Cooper, 2014)


Afirmaciones como estas están dentro de lo predecible. Me atrevería a decir que esta negación casi maquinal de la arquitectura de Mamani, en El Alto, Bolivia, tiene trasfondos más allá de los arquitectónicos. Estos pueden encontrarse en el útil artículo Incas sí, indios no de Cecilia Méndez.

La autora prevé que existe una explícita actitud de negación frente a lo ‘diferente’, representado por el indio a manos de un llamado ‘nacionalismo criollo’ de siglo XIX, y en el que resaltan señas racistas. Y antes de que se me acuse de acusar a otros de cosas que no me constan, advierto que –entiendo– no existe este hecho en la arquitectura (ni tampoco tiene sentido realizar la forzosa ecuación de atribuir facultades humanas a objetos)… al menos no de manera directa. Sin embargo, sí existe una reacción repelente a lo extraño. Esto tiene raíces históricas desvestidas por Méndez, y que se acomodan bastante bien a nuestra arquitectura de ayer y hoy.

Como típica y no difícil negación de la obra de Mamani, se sostiene que su arquitectura es estridente, rebuscada, recargada, pretenciosa y carente de oficio arquitectónico. Bien. Con los anteojos occidentales, con el que varios venimos incorporados, es probable que tales afirmaciones tengan coherencia. Y es que sucede que situar estas obras en el campo de la arquitectura es, en definitiva, complicado. Y por varias razones.


Para varios entendidos, la obra de Mamani no es “arquitectura” porque, en primer lugar –dicen–, es meramente decorativa. Esta afirmación es intensamente absurda. A lo largo de la historia, un buen número de edificios-arquitectura idealizados han sido elevados por sus facultades ornamentales sin más. En nuestro contexto tenemos muestras al por mayor. El caso de los detalles (superficiales) del neoinca, el neocolonial o el neoperuano del siglo XX (y sus reinvenciones de los últimos años) son ejemplos claros. Incluso los más poderosos de la historia peruana. Eran eso: sólo decoración, y en algunos de los casos con severo fanatismo. Era el estandarte. Desde Piqueras hasta Malachowski y desde Seoane hasta Longhi. En este caso, para decidir que algo sea arquitectura o no, la calidad y el ‘oficio’ tienen poco que ver. El que sea “decoración pura” y no “arquitectura integral” no es una razón que soporte análisis. Es un pretexto.


En segundo lugar porque sus obras no tienen el ‘perfil’ de una ‘obra arquitectónica’. Tanto así que ni siquiera puede recordarse a una de ellas de manera autónoma. Se las recuerda en paquete: “los cholets”, “las obras de Mamani”. Son obras (urbanas) de uno o dos frentes libres, y los frentes colindantes son caras sin maquillaje; exponen los ladrillos en su estado más natural y visceral. El contexto no es el idóneo. Es el típico entorno de un retazo de periferia de ciudad cosmopolita que muchos miran con lejanía. Para el sector arquitectónico conservador en esos contextos no existe “La Arquitectura”. No es el territorio de la arquitectura oficial.  Es difícil no asociar una cosa con la otra. Sobre todo si los medios crean y nos entregan en bandeja idilios en los que la arquitectura correcta está en un entorno no menos paradisiaco que el propio objeto. Asignarle cuatro frentes –al estilo villa– y que el edificio esté rodeado de un jardín, en un entorno apacible o encerrado tras muros que no salen en fotos, quizá pueda hacer que un ‘cholet’ sea pensado –al menos una buena cantidad de veces– como posible obra de ‘Arquitectura’. Pero como está y donde está hoy, en su realidad, no. Además de lo anterior, el de estos edificios es un problema situacional.


El mismo desenlace tiene, por ejemplo, la obra de Octavio Chuquiruna con una especie de aspiracional neocolonial que asienta su cuerpo puramente decorativo y de concreto y drywall en territorio peruano (limeño), pero donde ‘le correspondía’: en una periferia urbana y poco agraciada de la ciudad. Lejos de las vitrinas de la arquitectura. Su pecado, como obra: haber llegado 70 años después que el neocolonial de ‘los arquitectos’. Desinformación, ignorancia, desubicación; y su pecado más grande, el siguiente.

Arriba: "Cholets". Freddy Mamani (2014) Fuente: Archdaily.pe. Abajo: Casa Verónica. Luis Longhi (2014) Fuente: Archdaily.pe 

En tercer lugar los edificios de Mamani (y de Chuquiruna) no son ‘arquitectura’ porque no pertenecen a un “arquitecto” (aun cuando Mamani tenga el título). Esto los sitúa automáticamente fuera de la vitrina de la arquitectura. Los pone en el sitio de quien quiere ocupar el lugar que no le corresponde (como el caso de Santa Cruz frente a Pardo y Aliaga que menciona Méndez). A un no-arquitecto no le corresponde ser parte de la arquitectura: al menos no como genio creador. Menos si sus creaciones son del calibre, ‘desubicación e insolencia’ de las de Mamani y Chuquiruna. Es –en palabras de Cooper– una afrenta.

¿Cambiaría esto si la misma obra fuese hecha por un arquitecto? El intercambio con el caso de la obra de Luis Longhi sería crucial. Arquitectónicamente la obra de Longhi no dista mucho de lo rebuscada y pretenciosa que dicen es la de Mamani. No obstante, su obra sí es ‘arquitectura’. Por otro lado, ¿qué pasaría si la obra de Mamani o la de Longhi fuesen hechas por un 
arquitecto fulano de tal, pero arquitecto, al fin y al cabo? ¿Tuviese la relevancia de la obra de Longhi hecha por Longhi?… Es difícil engañarnos: es un problema de origen del creador.

¿Por qué la obra de un “constructor-ingeniero-y-arquitecto” ‘alto-andino’ no puede ser ‘arquitectura’ y sí lo es la de arquitectos Piqueras o Longhi? Parece una pregunta tonta, pero tiene sentido: ¿qué pasaría si retiramos los colores de la obra de Mamani y los vaciamos a la obra de Longhi? Es ingenuo creer que sólo un título de arquitecto o una obra ‘integral’ en espacio y forma deciden qué cosa es arquitectura y qué no. Esa afirmación se traería abajo un número importante de obras en las que los autores no son arquitectos ni la riqueza de sus obras está en su canónica e idealizada integridad espacial-formal. Las razones son externas a la arquitectura y, en el caso local, se encuentran en el artículo de Méndez, hallando sus raíces 5 siglos atrás.


Los defensores de la obra de los neoincas o neoperuanos y neocoloniales de inicios de siglo XX parten de las lógicas convencionales de la arquitectura (como invención occidental). Cosa que no está absolutamente para nada mal. Sin embargo reducen drásticamente el panorama arquitectónico a una única manera de entenderla, que en países latinoamericanos, por ejemplo, no sólo es injusto, sino ingenuo e irresponsable. En nombre de las buenas (e históricas) costumbres arquitectónicas no son capaces de entender otras expresiones y anteponen el filtro inquisidor de La Arquitectura a ese objeto que por su ‘naturaleza’ no forma parte de ella... pero tampoco ofrecen tregua… ¿Será el destino de estas obras –y sus creadores– mirar la arquitectura desde afuera?


Lo concreto es que en el hermético mundo arquitectónico se prefiere un neoinca o un neoperuano o un neocolonial o un neo-neoinca hecho por un determinado tipo de arquitecto (por más que las justificaciones de la obra sean absolutamente banales o sean ingenuidades de época), que la obra de un constructor, un ingeniero o un personaje 'híbrido'. Esto al nivel de reducirle valía, incluso como producto potencial de una manifestación sociocultural de la que la arquitectura podría aprender… para –al menos– ser socialmente menos irrelevante. Para los arquitectos, en esas obras no hay alta cultura, hay un costal de 
a prioris de carencias e ignorancias de todo tipo.

La defensa que no pocos presentarán a esto es básica: que la baja calidad arquitectónica de la obra de Mamani es evidente. A tal punto que no merece siquiera discusión. Y desde esa visión, en la que La Arquitectura es un amigable y confortable cono en cuello de perro, podría aceptarse que tienen razón. Sin embargo la arquitectura no puede escaparse de su estructura socio-económica mayor. La descripción que hace Méndez del escenario del siglo XIX es el mismo que tenemos ahora en la arquitectura. Y que la hemos tenido siempre, desde que el territorio ‘peruano’ se inventó. Sólo que ahora la obra de Mamani y Chuquiruna están en la cara de quienes la repelen ¿Por qué la arquitectura no tendría que corresponder a condicionantes estructurales? ¿Acaso es cosa independiente, autónoma y mayor?


El problema se da (y resaltará con el tiempo) cuando se evidencie que no todos los ‘Freddy Mamani Silvestre’ son “constructores” y que no todas las arquitecturas son fieles damas de compañía de los paradigmas de occidente.  No serán las únicas ni las últimas arquitecturas de este tipo. Es una expresión de lo que sucede en otros aspectos del país. 


¿Qué pasa si un arquitecto del ‘perfil’ de Mamani mantiene el capital cultural que le precede e intenta introducirlo al mundo arquitectónico, como en el caso del boliviano? 


¿Tendrá la misma oportunidad que un Piqueras, un Malachowski o un Longhi? ¿O tendrá que limpiarse los zapatos –y ser despojado de sus prendas y colocarse otras nuevas– para poder entrar a la noble casa y sentarse a comer en la exclusiva mesa de la arquitectura? 

Hoy, aquí, sí… por ahora.

Referencias:
Méndez, C. (1996) Incas sí, indios no: apuntes para el estudio del nacionalismo criollo en el Perú. Lima: IEP.
Martuccelli, E. (2006) Buscando una huaca. Utopía andina, arquitectura y espacios públicos en el Perú. Primera mitad del siglo XX, en Ur[b]es N° 03. Lima: Gecup. pp. 203-232 
  
  

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Por supuesto que es arquitectura; infantil, banal, falsa y ensalzada por el "buenismo" del todo vale... Si dejamos de lado su estética, sus colores y sus "delictivos ornamentos" (recomiendo leer "Ornamento y delito", de Adolf Loos), lo único que queda es el típico edificio de extrarradio de urbes tercermundistas, da igual si en los Andes o en el Congo. Pese a todo esto, si la "arquitectura" de Mamani sirve para que gente sin recursos sea consciente de los beneficios de contratar arquitectos o ingenieros para diseñar y construir sus casas, algo se habrá avanzado...

Ronald cheker dijo...

Esta arquitectura apodada como “Cholet” no es ni arquitectura andina, ni neocolonial, ni neoinca, ni neoperuana, etc. es un capricho de decoración extrema sin bases que fundamenten su ornamento y morfología en su conjunto. Al igual que la Casa de Verónica de Luis Lonhi no representan ideologías andinas, esto es algo parecido al logo de la marca de Perú que no tiene ningún rigor compositivo ni que identifique a sus regiones, es simple forma que no trasciende, más bien confunde. A todo esto hace falta plantearnos a que arquitectura queremos jugar, estudiar la génesis morfológica andina sin caer en la mimesis.

Anónimo dijo...

A los comentarios cuadrados de arriba mio, cuando superaran sus complejos y ese vacio creativo regido por dogmas, dejen de escapar de su identidad y ser peones de escuelas ya consolidadas y empiezen a alimentarse de la cultura viva que se modifica y se reinventa a cada segundo.

Ronald cheker dijo...

Estimado amigo anónimo, me parece bien su participación y para sacar provecho a esta tertulia pregunto ¿cuál es esa cultura viva que tú afirmas? ¿En base a qué criterios genuinos van renovándose?