19 de julio de 2014

La Arquitectura no es la solución

Por Juan Manuel Del Castillo *


Teleféricos, escaleras mecánicas, jardines sociales, parques-bibliotecas…, elementos de una charada arquitectónica con respuesta única, que resuena casi como una cacofonía en el espectro de la ciudad latinoamericana: Medellín.

Convertida en un modelo de desarrollo urbano largamente promocionado en importantes medios internacionales, que no se cansan de exaltar la mejora en la calidad de vida de sus habitantes más pobres gracias al rol de sus infraestructuras, ha sido incluso sede del último Foro Urbano Mundial 7, el cual ha servido, entre otros propósitos, para resaltar las bondades de su llamado ‘urbanismo social’.

Sin embargo, al analizar este fenómeno, los estudios más recientes nos hablan de una realidad bastante distinta a la que se nos muestra. En Medellín, los ricos están muy lejos de los pobres, y el 10% más rico tiene 50,7 veces el ingreso del 10% más pobre (Angulo, 2014), convirtiéndola en la ciudad con mayor índice de desigualdad de Colombia, además de poseer altos índices de desempleo y violencia urbana (ONU-Habitat, 2014). Tendencia que se ve reforzada con el último Plan de Ordenamiento Territorial de la ciudad, que plantea simples estrategias de espacios arbolados para definir la periferia urbana, a sabiendas de que estos servirán de poco para contener la especulación inmobiliaria tanto en laderas como en suelo agrícola. Siendo una ciudad que ha congelado su coeficiente Gini (que mide la inequidad en los últimos años) debido —sobre todo­— a las grandes inversiones inmobiliarias que no permitieron que baje, ¿podemos entonces hablar de un urbanismo social y psicopedagógico o estamos ante un modelo regido por el mercado, que busca volver invisibles los problemas estructurales a través de una escenografía urbana cuidadosamente armada?

No nos debe parecer extraño que en este modelo de ciudad, la lógica de acumulación de capital intrínseca de la globalización suponga una serie de continuas pero bruscas transformaciones de las relaciones espaciales, características de la geografía histórica de la era burguesa (desde vías férreas hasta autopistas, pasando por los viajes aéreos y el ciberespacio). Es así que los estratos privilegiados velan por mantener la desigualdad y la miseria en los estratos trabajadores (76,3% de la población de Medellín pertenece a los tres estratos más bajos) para seguir contando con la base que provee aquella acumulación de capital; pero, al mismo tiempo, desaceleran la inminente crisis, a través de inversiones a largo plazo en infraestructura (Harvey, 2000). La constante producción, por parte de una élite, de inclusiones menores para no realizar la gran inclusión general y el carácter contradictorio de este proceso se muestran en todo su esplendor.

Asistimos, entonces, a la producción de una fachada arquitectónica de gran magnitud que, muchas veces, se nos pretende vender como modelo de desarrollo urbano eficaz para la ciudad latinoamericana. En nuestro contexto, esta misma lógica de desarrollo insostenible —que tiene como pilar a la infraestructura y justificada por rollos participativos—, está siendo agresivamente promovida desde varias organizaciones privadas y públicas, a través de diferentes programas urbanos para intervenir en las periferias de Lima.

Sin embargo, se colige fácilmente que estrategias que no ataquen la base del problema, sin asidero institucional en el tiempo, por más bien intencionadas que estas puedan parecer, no aportarán ningún tipo de cambio estructural en la calidad de vida de los habitantes de estas zonas de riesgo, y solo actuarán como simples placebos de una realidad que les seguirá siendo adversa.

Y es que los problemas de las ciudades del Perú van mucho más allá de lo que los arquitectos puedan plantear como soluciones. La prueba es que Lima, la mayor de estas ciudades, se ha construido prácticamente prescindiendo de estas. La definición de los bordes de la capital es un tema crucial, ante el cual no se pueden plantear soluciones partiendo desde la infraestructura al mejor estilo belaundista. La inversión en espacio o equipamiento público por sí sola (en clave paisa) no garantiza la mitigación de riesgos o la lucha contra la pobreza, por más que se copie hasta la misma terminología. Este es un tema transversal, interdisciplinario y de escala mayor que implica directamente políticas nacionales de reforma del agro para dar valor a las tierras de cultivo y contener la mancha urbana en el caso de los valles; y de reasentamiento para población en riesgo, en el caso de las laderas.

En el primer caso, la transferencia tecnológica, tecnificación del riego, eliminación de intermediarios, conexión a mercados internos y externos, incentivos económicos y créditos para el campesinado son caminos claros para agregar valor a los valles agrícolas y evitar que la especulación inmobiliaria termine de devorarlos. En el segundo, las negociaciones para el reasentamiento, la ubicación-gestión de nuevos terrenos en el área urbana y el control de las áreas evacuadas son condiciones necesarias para que cualquier política de vivienda e infraestructura pública pueda existir.


“Hay que cuidarse de que las buenas intenciones perpetúen condiciones de precariedad o embellezcan la pobreza para la foto de revista al estilo Medellín, ya que eso representaría la formalización y continuidad de políticas de desigualdad en el ámbito urbano. Consolidar la pobreza no incomoda a nadie. ¿O acaso a las élites de nuestra sociedad les incomoda que las barriadas se queden donde están, allí donde son invisibles a la Lima de Caretas o Cosas?


El tema auto-gestionario resulta interesante en un contexto como el de los años 70 u 80, cuando las invasiones desbordaban toda capacidad estatal de respuesta ante la realidad. No obstante, en la Lima de hoy, donde la avalancha de migraciones del pasado se sigue reduciendo notablemente (una tasa de crecimiento poblacional de 2.1% en el último periodo intercensal y aún en caída), las luchas son otras; y pasan, además, por fortalecer la institucionalidad de un país que hoy más que nunca puede y debe dar respuesta a las necesidades de sus habitantes. Los 800 millones de soles destinados a la Ley Nº29869 de reasentamiento de poblaciones para las zonas de muy alto riesgo no mitigable son solo una prueba de ello.

Esto no significa, de ninguna manera, que no deba hacerse nada hasta que todo sea perfecto. Por el contrario, el ‘hacer’ en diferentes frentes y escalas, a manera del ‘arquitecto insurgente’, propuesto por Harvey, es la única forma de lograr cambios reales y estructurales. Hay que estar allí donde no llega la arquitectura formal, subir laderas, entender las necesidades de sus pobladores, empolvarse las botas, empujar el carro de a pocos y sin perder los objetivos. Pero, también hay que cuidarse de que las buenas intenciones perpetúen condiciones de precariedad o embellezcan la pobreza para la foto de revista al estilo Medellín, ya que eso representaría la formalización y continuidad de políticas de desigualdad en el ámbito urbano. Consolidar la pobreza no incomoda a nadie. ¿O acaso a las élites de nuestra sociedad les incomoda que las barriadas se queden donde están, allí donde son invisibles a la Lima de Caretas o Cosas?

Donde la acumulación de miseria se hace una condición necesaria para la acumulación de capital, es obvio que la arquitectura no es la solución. No hay que perder el objetivo principal, hay que atacar el olvido con respuestas que generen empleo, educación, salud, alternativas reales de desarrollo. De esta forma, la arquitectura acompañará el proceso como consecuencia lógica y como elección.

La solución no está en tener barriadas pintorescas con plazas de colorcitos, escaleras solidarias enclenques o vías que solo servirán para recoger a las miles de víctimas en caso de desastres naturales. La solución está en que no haya la necesidad de que esas barriadas existan.


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Referencias:

Angulo, R. (21 de Abril de 2014). Desigualdad en las ciudades de Colombia: ¿cómo vamos? Obtenido de Razón Pública.
Harvey, D. (2000). Spaces of Hope. Edinburgh: Edinburgh University Press.
INEI. (1993 y 2007). Censos Nacionales de Población y Vivienda . Lima: INEI.
Lugo, H. (2014). ¿Espacio para la especulación urbanística o para la vida? Desde abajo.
ONU-Habitat. (2014). Construcción de ciudades más equitativas: Políticas públicas para la inclusión en América Latina. Bogotá: ONU


(*) MA in Architecture & Urbanism, University of Manchester. Arquitecto PUCP. Planificador urbano y docente universitario. Su trabajo explora el campo de las Mega-Regiones, Futuros Urbanos y Ecología Política. Es Co-autor del libro "Memoria territorial y patrimonial: Artes y fronteras". Blog: catarqsisurbana.blogspot.com; Twitter: @juanmadelc


6 comentarios:

Christopher Schreier dijo...

Algo que no se toma en cuenta en el artículo es el impacto que generan las intervenciones de infraestructura cultural en la manera como se percibe la ciudad, y como estas tienen el potencial de estrechar las diferencias. No es gratuito que la Red de Bibliotecas se encuentren en barrios pobres. Tampoco creo que su única razón sea “embellecer la pobreza para la foto” (sin considerar la relación que plantea Humberto Eco entre lo bello, lo bueno y lo que deseamos).

Creo que ubican a estos barrios en una posición privilegiada, los ponen literalmente en el mapa. Más allá del objeto arquitectónico, tienen un servicio de calidad, generando en la población un sentimiento de pertenencia que es fundamental en la ciudad.

Soy consiente que esto no resuelve todos los problemas sociales de las ciudades latinoamericanas, pero tampoco es ajeno al problema. Las barriadas son características de nuestras ciudades, no es cuestión de borrarlas, sino de integrarlas.

Coincido con el título del artículo en que la arquitectura no es la solución y es que todo el cambio no se logró por los arquitectos, sino por una decisión política (Bonilla, D. 2010 "Paralelo Perú/Colombia”. Inauguración de conferencia).

JUAN MANUEL DEL CASTILLO dijo...

El artículo critica justamente esa "percepción" que mencionas. Una segunda leída puede aclarar el asunto. Esa percepción no saca de la pobreza a los habitantes de las barriadas. Los números son contundentes, la desigualdad se ha mantenida estática en la ciudad (en el país más desigual de América del Sur). Definitivamente la ubicación de la infraestructura no es gratuita, y su papel específico es de escenografía urbana que genera esa sensación de beneficio que mencionas, cuando es bien sabido que la vida en las barriadas de laderas sin servicios básicos y bajo peligro de muerte inminente por desastres naturales pasa a ser un beneficio únicamente cuando se abandona.
Las barriadas no son características intrínsecas de nuestras ciudades latinoamericanas, son características de todas las ciudades del mundo donde la miseria y desigualdad alcanzan grandes niveles. ¿Crees acaso que en el Londres o París de la revolución industrial no existían barriadas?
Por último, a quien realmente beneficiaron económicamente estas infraestructuras fue a las grandes empresas constructoras. No es nada extraño entonces que Bonilla, miembro ilustre de la élite arquitectónica colombiana alabe la decisión política que hizo falta para realizar aquel "cambio". Hay que buscar soluciones reales, no ficticias y estas solo se logran paso a paso, pero atacando las condiciones que generan la pobreza y no lo accesorio.

Edward Chuquimia Payalich dijo...

Análisis bastante superficial -y con poco indicadores que permitan una evaluación correcta-, pero en todo caso es un punto de vista respetable. Queda claro también que esa percepción superficial de el modelos o las herramientas como el Urbanismo Social o los denominados Proyectos Urbanos Integrales PUI, nos lleva a querer replicarlos en el Perú sin entender que la Institucionalidad (incluso el concepto Gobernanza), Marcos Normativos, capacidades humanas y otros temas son básicos para entender procesos de transformación de ciudad de forma integral y multienfoque, un modelo que permite comprender sobre todo que la arquitectura y el urbanismo son los MEDIOS, pero no el FIN. En tanto se comprenda esto recién se podrá hablar de efecto multiplicador a partir de las Lecciones Aprendidas, que necesariamente nos debiera llevar a hablar de "la implementación, o NO" de Cadenas de Inpacto del Modelo Medellín.Arq. Edward Chuquimia Payalich
Docente de la UCSM, Ex Asesor de la Deutsche Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit o GIZ/GTZ es una agentura del Gobierno Federal Alemán, para Proyectos de Desarrollo Sostenible y del Proyecto de Gestión de Riesgo de desastres naturales con enfoque de seguridad alimentaria, en Arequipa-Perú.

JUAN MANUEL DEL CASTILLO dijo...

El análisis está basado en estudios y datos serios sobre la realidad social y económica del modelo que se describe y no solo sobre las clásicas retóricas urbanas dominantes en nuestra región, que hacen de las barriadas un fetiche perverso. Si no alcanza un nivel de profundidad digno de tesis doctoral es porque, simplemente, no pretende llegar a ello en 1200 palabras; lo cual no significa que no sea posible.Con el resto del argumento anterior no se hace otra cosa que darle la razón a la intención primaria del artículo, por lo cual agradezco.

Fernando Paliza dijo...

yo vivo en San juan de Lurigancho, creo que la gente de por si ya hace bastante al tomar cerveza para no arrancarse los ojos, necesitan puntos de integracion ... solo asi, "ELLOS" pueden decidir en algo, como arquitectos ustedes no sirven para ellos, segun lo opinion publica y aqui menciono a Nicolas Requis y a mi prima Rosario Segura: los arquitectos en verdad solo dan mas problemas, ... pero algo tienen que proponerles para serviles ,... usemos la logica: legitimamente nadie los puede votar a menos que ellos lo legitimen, aunque desunidos estan, algo que pueden hacer es presentar la opcion sobre imaginarios urbanos sostenibles. para primero demostrar que existen en la sociedad, que aca es su sociedad.

Fernando Luis Miguel Paliza Muñoz
Alumno 10mo ciclo FAUA UNI
ex-BRIGADIER GENERAL Y ex-Alcalde escolar I.E.N°113 D.A.R.

maxorellanatapia dijo...

El artículo me parece bastante pertinente y abre el espacio para la discusión del tema. Para el caso, sostengo mi punto de vista desde la lectura del libro La ciudad de los ricos y la ciudad de los pobres escrito por Bernardo Secchi en el que explica que siempre estamos atacando las consecuencias de la desigualdad social con la arquitectura y el urbanismo a manera de paliativos cuando realmente el problema esencial o de fondo no es ese sino la desigualdad social. En el Perú hace falta encarar el problema desde la institucionalidad y la política seria, y sobre todo honesta -Más aun cuando por desgracia vemos que estamos soportando una sucesión de gobiernos plagados de delincuentes con los que es difícil superar nuestra condición tercermundista- alejada de la burocracia; redefinir instituciones vitales como el poco acertado Ministerio de Vivienda, Construcción y Saneamiento por uno que por ejemplo sea el de Ministerio de la Ciudad y la Arquitectura porque no es solo la vivienda el problema álgido. Una institución que además de su visión social tenga claro el panorama de la cultura y ecología planetaria.

Máximo Orellana T. Arquitecto, profesor universitario con estudios de postgrado en urbanismo y diseño.