11 de diciembre de 2014

Crónica policial (Parte II)

Por Israel Romero Alamo
(leer Parte I)

Acerca de los 'Hexágonos' de la XVI BAP y lo dicho del tema

 El libro ‘Tradición y Modernidad en la Arquitectura del Mantaro’, de Jorge Burga y César Moncloa (y otros), ganador en la categoría «Investigación, Teoría y Crítica» en la XVI Bienal de Arquitectura Peruana (BAP),  muestra un análisis histórico íntegro y repetible para el resto de ciudades del país, como bien dicta el fallo del jurado. Su riqueza no se termina en sí mismo, sino que se expande a lo que se puede generar para otros contextos, tan urgidos de investigaciones de este tipo. Un premio merecido. Un libro útil que, además del aporte académico mencionado, actúa, casi de casualidad, como salvavidas del notorio centralismo de la Bienal.

Sin embargo, si la base de la XVI BAP está compuesta por varios vacíos —como se mencionaba anteriormente—, ¿cómo pueden todos los resultados, como producto de lo anterior, ser algo que consiga consistencia?

En unas reflexiones recientes, Cristina Dreifuss, miembro del Jurado de la XVI Bienal (presidido por Enrique Bonilla), y Aldo Facho, conferencista también en la misma edición de la Bienal, centrándose en el fondo del asunto, plantean posibles soluciones para los problemas de la (presente) Bienal de Arquitectura Peruana (BAP), ciertamente coherentes y nada irrealizables. Todo lo contrario.

No obstante, creo que existen algunas cosas que no debemos obviar antes de dar vuelta la página, cosas eventuales, quizás, pero presentes. Por ello también deberían existir pronunciamientos y mayores alcances de los resultados de la BAP, al menos del premio más importante, el Hexágono de Oro; hecho que ha sido aceptado silenciosamente relativizando su importancia.

 Aldo Facho indica que la calidad del Hexágono de Oro, el Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM) es «evidente más allá de las críticas que se puedan hacer» y «que se destacaba del resto de proyectos siendo un digno representante de la producción arquitectónica nacional». Puede ser, y por eso último es que se exige una mirada más rigurosa y no pasar por agua tibia un edificio que se termina convirtiendo —nos guste o no— en representante de quince mil ciudadanos frente al escenario y la sociedad (inter)nacional. Es necesario analizarlo —más allá de los ya acostumbrados cuchicheos que suelen decirse luego de una premiación de esta envergadura— para constatar los alcances de la presente Bienal y también porque finalmente es (y debería ser) el objetivo final de cualquier tipo de análisis que se haga de un evento de este tipo.

Sin ánimos de hablar mucho de los autores del actual Hexágono de Oro, y antes de que se levante un grueso número de detractores automáticos para estas líneas, hay que señalar y reconocer que tanto Sandra Barclay como Jean Pierre Crousse, autores de la obra, jóvenes aún (teniendo en cuenta los años en los que uno puede volverse un «arquitecto maduro») completan con el LUM un grupo de obras arquitectónicas que ya es historiable. Y de eso se tratan las Bienales, al fin y al cabo. De registrar la historia. Y que si de premiar la trayectoria se trataba, el premio sería más idóneo que el haber premiado esta obra aislada. Pero se trató de lo segundo, así que a ello deben dirigirse las miradas.

«Tema importante, de fuerte significación simbólica y de relevancia para la sociedad. El volumen completa el paisaje del acantilado. Es una obra que responde a las exigencias de un contexto difícil y lo transforma en la fuerza misma del proyecto», cita el fallo del jurado para el Hexágono de Oro 2014.

La justificación del jurado es razonable, podía pecar hasta de obvia, sin embargo esto no resulta ser culpa del jurado, directamente. Ha existido una serie de fuertes razones que han permitido que el Hexágono de Oro sea —dentro de un mar de obras de abismal diferencia, como indica Aldo Facho— esa obra y no otra.


Breve crítica al Lugar de la Memoria (y a su distinción)

 El LUM resuelve el problema del sitio de manera oportuna, pues, como dice la memoria de los autores y como puede constatarse in situ, se completa el acantilado con armonía, casi sin dañarlo. Era petición explícita de las bases del Concurso del 2010 que se consigue en buena forma. Es un buen volumen. Y, como señala el fallo del jurado, termina utilizando ello para sí mismo generando un complemento y una conexión positiva entre natura y artificio. El objeto paisajísticamente suma. Este es el principal recurso y el principal acierto del edificio.

Regresando al tema del Hexágono de Oro, la pregunta que salta a la vista y que nadie quiere formular es: ¿la relación con el sitio es el objetivo de un Lugar de la Memoria? ¿Puede este argumento ser suficiente para generar una reconciliación o inclusión entre la sociedad, desde la arquitectura, como se pretendía?

Creo que el LUM gana el Hexágono de Oro al sobresalir básicamente por tres motivos: Primero (como se menciona en la primera parte del veredicto del jurado), por la importancia del tema que lo vio nacer: el de la Memoria y el terrorismo, tan delicados y mitificados hoy en nuestro medio. Es decir, que lo de la Memoria y el terrorismo se exprese —de alguna forma— en algo arquitectónico supone, para los arquitectos, la ilusión de que la arquitectura se está involucrando de buena manera con temas de relevancia mayor: de volver tangible lo ideal, y mucho mejor si es a escala Nacional. Sentir que la arquitectura peruana se identifica con el Perú, con un Perú sufrido que tiene todavía las heridas abiertas. Una ilusión que confunde y tergiversa al propio edificio-objeto.

Segundo, por la falta de un competidor de su nivel, es decir, es iluso pensar que, otra vez, alguna casa pueda ganar el máximo premio de la arquitectura del Perú y quitarle el premio a un edificio «público», siendo este el objeto siempre ideal(izado). Por relevancia aproximada y metros cuadrados, quizás, el Aulario de Llosa Cortegana pudo tener mejor suerte. Sin embargo, el hecho de que este último no sea un edificio «público» le habría quitado al edificio de la PUCP la sustancia y el sentimiento necesario que al LUM le brotaba por los poros. Al menos para el misterioso circuito arquitectónico y los exclusivamente entendidos en el tema. Existe un sentimentalismo forzoso e innecesario, pero presente en el ambiente y que es casi ingrediente básico y estructural de nuestra arquitectura oficial. Imposible de obviar.

Tercero, porque el LUM ya había recibido un reconocimiento anterior en la XIV Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires, lo que le daba un agregado, una calidad supuesta con previo aviso, cosa que se complementaba bastante bien con el hecho de ser el producto escogido de un concurso público con un jurado de nivel históricamente internacional, con Rafael Moneo, Kenneth Frampton y compañía. Decisiones que sólo «necesitaban» un espaldarazo.

Estos hechos transversales opacarían los desaciertos proyectuales, como el haber hecho caso omiso a algunos puntos de las bases del concurso (en los que explícitamente se indicaba que el estacionamiento no debía ser techado), o el tener un pésimo acceso peatonal de escala doméstica y una inserción urbana forzada en un residuo urbano no menos caprichoso. El edificio responde a las exigencias del contexto difícil, pero con algo igual de complicado, como el pasar unas buenas toneladas de concreto expuesto por el ojo de una aguja y lanzarlo hacia el mar y darle forma de farallón. De hecho, esto último —como se mencionaba y como indica también el jurado en la última parte del fallo— sería la justificación arquitectónica necesaria para otorgarle el triunfo. 

Sin embargo, en la situación específica de este edificio, y por mayor acierto que pudiese tener, hay que decir que el aspecto paisajístico no es —en este caso— parte central de un Lugar de la Memoria. Era un edificio público, con carga cultural colectiva, algo más complejo que un objeto residencial, y es precisamente de donde la obra funcionalmente cojea. Barclay & Crousse anteponen en toda la obra también un lenguaje arquitectónico doméstico sacado de su amplio repertorio —cosa que no está mal, al contrario—, pero a otra escala, siendo este último detalle lo que le asegura el éxito pero también lo que no podrían manejar, ni proporcionar en sus dos extremos. Sobre todo en la puerta de atrás, el ingreso peatonal. Que, por cierto, nunca ha sido mostrado ni en los renders ganadores ni tampoco en las innumerables publicaciones postconstrucción.

Ingreso peatonal al LUM. Fotografía: Jose Luis Hernández

Aun cuando el edificio no esté en uso, no es difícil prever lo que en el futuro pueda suceder en un ingreso con tal desproporción cuando varias decenas de personas —a pie— intenten ingresar o salir del Lugar de la Inclusión Social. El ingreso peatonal debería ser, en un lugar de este tipo —o sea, inclusivo—, el ingreso principal, y no el que supone la vista aérea, el que está en la Costa Verde, que por ser vehicular, es contradictoriamente excluyente. Estos aspectos, más que ser problemas funcionales, son problemas que obstaculizan que el edificio tenga una fuerte relación simbólica y utilitaria con la sociedad. 

No obstante la visita y la idea de los recorridos sí generan una sensación arquitectónica interesante. En acantilados de tierra frente al cielo y al mar, Barclay & Crousse tiene experiencia de sobra. Eso no se puede negar, puede verse en el auspicioso intersticio entre el acantilado y el edificio construido con el océano al fondo; un ejercicio formal que ya habían practicado con notable acierto en la casa Equis y en la casa Vedoble. La experiencia de lo que antes era privado se ha traído a algo de connotación pública. A una casa de playa gigante. Se ha traído a un edificio «público» el razonamiento de la «casa temporal» y a esto se le ha adherido —el fuerte proyectual de la obra de los últimos 10 años de Barclay & Crousse— la relación con lo natural que alrededor del objeto existe, en una arquitectura peruana contemporánea urgida de «arquitectura amable con el lugar». 

La pregunta de líneas arriba vuelve a merodear y cae por su propio peso: ¿Puede este argumento ser suficiente para generar una reconciliación o inclusión entre la sociedad como pretendía el edificio desde la búsqueda original?
Si abrimos el abanico para observar el Memorial del 11S del World Trade Center en Nueva York, o el Monumento a los Judíos de Peter Eisenman, o el Museo Judío de Berlín de Daniel Libeskind, podremos ver que hay al menos un entedimiento de la magnitud del tema, una idea, una relación estrecha con el hecho, una intención de identificación. Algo con lo que el Lugar de la Memoria de Miraflores no cuenta, pues apela al divorcio y le deja toda la responsabilidad a la museografía. La arquitectura se convierte en un cascarón de cualidades espaciales no menores, pero se escuda demasiado en ellas y olvida lo que era importante.

   El LUM parte —como si algo tuviera que ver— del muestrario preestablecido de soluciones físico-contextuales de los proyectistas (con vasta experiencia en casas de playa) y las expone en un lugar geográficamente idóneo para eso. No hay relación con el terrorismo, ni con la Memoria, ni con la gente, y ni siquiera es un espacio arquitectónico físico y funcionalmente inclusivo. Conceptual y temáticamente es una obra vacía, al punto de que en la proyección se tuvo que recurrir a adornos humanos de «lugares lejanos al sitio» para que el cascarón de concreto expuesto aparente algo de contenido.

Parece que el LUM gana el Hexágono (como el concurso del 2010) por ser un buen ejemplo y solución paisajística más que por ser un Lugar de lo que indica su nomenclatura: uno de integración nacional. Contiene fragmentos de temas específicos, como «la explanada de la Reconciliación», «el lugar del Congojo» o la «sala de los Recuerdos», pero son anecdóticos, no pasan de ser muecas genéricas a la Memoria de lo que ocurrió en el Perú de los 80. 

El tema era importante, pero la respuesta no está a la altura, o mejor dicho, no está bien enfocada. Entonces, ¿el premio se le está dando al tema o a la obra? De ser —como se espera— lo segundo, ¿a qué «fuerte significación simbólica y relevancia para la sociedad» se refiere el jurado?


Algunas últimas anotaciones acerca de la Bienal de Arquitectura Peruana 

 El Hexágono de Oro 2014 es un premio ciertamente merecido para los autores, pero —habiendo mencionado los aciertos de la obra— hay que decir que la distinción parece ser entregada por un inevitable «por descarte» y por una apremiante orfandad nacional de arquitectura relevante, y que al primer suspiro de algo parecido, se le reconoce y casi exalta de manera acrítica. No está mal resaltar los buenos intentos, lo que hay que hacer es acompañar ello con un análisis mayor y sincero para evitar mantenerse en la inocencia y la parálisis. Estas conclusiones, de crónica policial, pueden sacarse cuando una Bienal se convierte en una premiación circunstancial, alegre y sin alcances mayores del jurado o de los entendidos en el tema que permitan cuestionarla, o siquiera profundizar en el tema.

Sin embargo —y prueba de ello es que— este hecho no es exclusivo del LUM ni de esta edición de la Bienal. El LUM no está suelto en la breve historia de Hexágonos de Oro. Su compañera más cercana es la Biblioteca Nacional (Hexágono de Oro 2006). Bajo la misma idea de su representación de algo «Nacional» y «Público», el premio logra llevar su autismo urbano, su desentendimiento con la Av. Javier Prado y con los equipamientos con los que colinda y colindaría, a un segundo plano, para que prime la nebulosa de su significado y relevancia de lo que es una «biblioteca» para el país.

Pareciera que cuando la arquitectura «sirve para algo» de aparente relevancia nacional, lo demás, como la calidad de su idea original y su calidad física, no importan lo suficiente. El arquitecto y su gremio sienten estar haciendo algo provechoso, estar «cambiando el mundo» (o el país), concretar lo que siempre han idealizado. Ello evidencia que está presente, y sigue vigente, la urgencia por la autoretribución psicológica y el aumento de la autoestima del arquitecto, de hacernos creer que la arquitectura está siendo útil para la sociedad y para el país. 

Si bien de esto no tenemos culpa directa, es una deuda pendiente que seguimos pagando y que sin experiencia y sin darnos cuenta alimentamos cíclicamente con las BAP. No hay que refundar Bienales, hay que refundar la arquitectura en y para el Perú, que de ese rodeo ingenuo de mitificar pequeños retoques ya estamos por celebrar los dos siglos.

1 comentario:

Loquillo dijo...

Celebro la acertada crítica al Lugar de la Memoria. Sin embargo, me permito discrepar en algunos puntos. En principio, afirmar que el LUM "conceptual y temáticamente es una obra vacía" y reconocerle como único atributo plausible la "solución paisajística" me parece de una temeridad abusiva.

Recorrí el edificio en sentido 'ascendente' (desde el ingreso proveniente de la Costa Verde) y pude experimentar como visitante el peso conceptual del edificio. Si bien la secuencia de espacios, a veces intrincada, a veces difusa, obliga por ratos a desandar el recorrido, la arquitectura jamás se abandona a la suerte de la museografía. De hecho, el planteamiento espacial se enlaza conceptualmente con aquello que quiere mostrar, como una respuesta natural e instintiva.
Imposible no reconocer en esa especie de recorrido 'tortuoso' a través de 'frías' cámaras y niveles escalonados separados por franjas de vidrio a modo de 'suturas', que va a atravesando espacios en los que la luz y el paisaje 'ingresa' de a pocos como 'señales de aliento', y que remata finalmente, en la parte alta, en el llamado "Lugar del Congojo", plaza abierta, también escalonada, erizada de tragaluces (gesto lúdico que el visitante agradece y que permite 'volver la mirada atrás'); una representación coherente del contenido.

Es precisamente, a mi parecer, este estrecho ajuste entre idea y forma lo que le confiere al LUM uno de sus mayores atributos. Como si al gestarse hubiera nacido del seno mismo del hecho histórico, haciendo patente aquella "intención de identificación" que el autor de la crítica extrañamente no alcanza a ver en el edificio.

Como digo, el recorrido lo realicé en sentido ascendente. Ignoro si el mismo resultado se experimenta (aunque dudo que así sea) desde el ingreso peatonal de la parta alta. En este punto coincido con la crítica. Al haber privilegiado la arquitectura desde el acceso vehicular en desmedro de la peatonal, el proyecto limita la experiencia arquitectónica en un sólo sentido, y que de haberse reconsiderado de seguro habría invertido la secuencia de los espacios y alterado de paso el concepto original del proyecto.