5 de diciembre de 2014

Crónica policial (Parte I)

Por Israel Romero Alamo
Para efectos culturales, la Bienal de Arquitectura Peruana (BAP) debería ser entendida como si se tratase de Mistura, de Perú Arte Contemporáneo (PARC), de la Bienal de Fotografía o de la Feria Internacional del Libro de Lima. Debería generar interés, debate, controversia. Decirse algo, siquiera. Llamar la atención de la sociedad, luego de involucrar a todos sus miembros directos: los arquitectos.

Siendo lo primero por ahora mucho pedir, queda, aunque sea, conseguir lo segundo. Cosa que debería ser obvia y estar implícita en cualquier BAP. Quince mil arquitectos no es un gran número, tampoco. Pero una de tres, o el adormecimiento en los arquitectos es crónico, o consideran a la recepción feliz como algo normal, o de por sí el tema no les interesa. Cualquiera de estas razones hace a la Bienal de Arquitectura Peruana, como fin común, algo utópico.

Pero esto no es culpa única del arquitecto como individuo. Hay que tener en cuenta que la posición de la arquitectura —mitad «profesión técnica», mitad «arte»— la sitúa en el limbo de no saber a ciencia cierta si identificarse con uno o con lo otro. No hay una Bienal para ingenieros, por ejemplo. Y los artistas no tienen que pagar mensualidades o pedir papelitos engorrosos para que puedan trabajar tranquilamente. El problema empieza por otro lado.

La BAP intentó hace dos ediciones (la XIV edición) descentralizarse para involucrar a las demás regiones del país. Alguien se había percatado del centralismo de las ediciones precedentes. Por ello, en las ediciones XIV y XV, se subdividió la «Bienal principal» en «Norte, Sur, Centro y Lima», mudando su lugar de premiación a la ciudad de Arequipa, primero, y luego a Chiclayo.

En la edición de 2014 la sede se mudó a Huancayo (como fue también en la edición IX, por única vez), pero la diferencia más saltante y sorprendente es que en esta Bienal se ha suprimido las categorías regionales mencionadas líneas arriba sin razón aparente. Este hecho no ha sido explicado ni público ni oficialmente por ningún miembro del Colegio de Arquitectos del Perú (CAP), ni por los organizadores del evento. Esto no es casual, es sintomático; acompaña también a los desfases en el tiempo previsto con una evidente desorganización.

La bandera «descentralizadora» que orgullosamente iza esta Bienal es solo de apariencia y formalismo. Y esto no es culpa de quienes en Huancayo recibieron el encargo. Ellos hicieron su trabajo. Es parte de algo mayor y estructural.

A decir verdad, no ha existido, desde la primera Bienal hasta la actual, una apertura integradora como principal fin.  La descentralización, que supone la inclusión de «los otros», estaba empezando a ser esbozada precisamente en la inserción de subcategorías regionales. La arquitectura de las ciudades del Perú podía ser valorada en sus propias ciudades y reconocida más allá de sus límites geográficos. Pero, al mutilar esas subcategorías, se reduce la buena intención de la XIV Bienal a un para fines nacionales— insustancial y momentáneo traslado de la sede centralista a otro sitio del país para dar cuenta de una descentralización que no existe. Solo se traslada la arquitectura de Lima a otro lugar para ser observada y para acercar esa arquitectura al resto. Una actitud misionera y medio colonial.

Es difícil refutar esto cuando nos topamos con la totalidad de proyectos de arquitectura hechos en Lima y o por arquitectos limeños. La XVI edición de la BAP no ha sido un evento integrador. Solo ha convocado para su organización a arequipeños o a chiclayanos como a huancaínos para luego ir, con este fin descentralizador con el que está forzosamente comprometido, a otra plaza que le ponga la misma energía momentánea.

No hay tampoco cómo refutar cuando vemos que solo los huancaínos se han preocupado por «su» Bienal y no los chiclayanos o los arequipeños, quienes, en teoría, debían haberse ya empapado del tema y haberse identificado con la causa nacionalista.

Además de retirar las subcategorías regionales, la XVI edición de la BAP ha reducido en la categoría «Arquitectura» a las categorías que contenía por «Tipología arquitectónica» para premiar a una sola y general, metiendo objetos de todos los tamaños y de todos los colores en el mismo saco, para que de ahí se pueda hacer malabares y sacar un ganador común.

No obstante hay que reconocer también que esto último es mucho mejor de lo que había antes. Las categorías en los eventos anteriores tenían problemas de exageración como separar los premios a los edificios multifamiliares por número de pisos. Como si todo lo que se construyera —como producto del boom inmobiliario— fuese plausible. Aun con todo, pudo hacerse algo mejor que irse del extremo superpoblado de categorías innecesarias al otro radicalmente reduccionista y simplista. Y nadie ha explicado el porqué.

En el diagnóstico centralista de la presente Bienal podemos ver que de las edificaciones seleccionadas en la categoría «Arquitectura» —de lejos la que generó un poco más de interés—, más del 50% está compuesto por el tipo residencial, dentro del cual su mayoría está incrustada en la misma lógica del espacio propicio para manifestaciones artísticas o de alta arquitectura: en su mayoría no son viviendas distintas o que propongan algo paradigmático. Nutrida lista la que nos presenta la misma vivienda piloto. Este hecho reduce el centralismo de lo «limeño» a un minúsculo minicentralismo del 1% de la población nacional, para dar fe de lo que se compone hoy la arquitectura (plausible) que se hace en el Perú.

Así, la XVI edición de la Bienal de Arquitectura Peruana se termina convirtiendo en una sección de sociales que convoca a quienes con frecuencia se presentan y se mantienen laureados repetidas veces. Y aunque ese hecho no es malo, el interés por la Bienal no debería ser únicamente ese. Debería ser un espacio de reunión, de crítica y de intercambio, no de pura difusión circular, casi privada e implícitamente amical.

En las BAP no existe un verdadero reconocimiento de lo «mejor de la arquitectura peruana», sino de lo mejor entre los que quieren ser reconocidos. De ser lo primero el verdadero fin debería existir la postulación libre de proyectos y obras por terceros, como en otras Bienales del mundo, garantizando el reconocimiento de obras y proyectos que representen —al menos de manera más democrática— lo más ejemplar de la arquitectura del país.

Hay ausencias lamentables como el Colegio Santa Elena de Piedritas o la Escuela en Chuquibambilla (aunque no sea proyectada por peruanos), obras excepcionales que demuestran en sí mismas descentralización con calidad arquitectónica explícita y alternativa. Indudables merecedoras de un reconocimiento (inter)nacional de este tipo. Pero esto no se dio precisamente porque sus autores no estaban —con todo derecho— interesados en los premios y porque no hubo quien conscientemente los postule.

Otro aspecto que merece explicación es el de la selección del jurado o, cuando menos, de una divulgación previa de los miembros de este. Si la selección se hizo por invitación (como suele ser), nunca se supo bajo qué criterios, ni quién invitó a quién, ni tampoco, bajo qué premisas, el que organiza y selecciona —precisamente— organiza y selecciona. Nadie pone en tela de juicio la capacidad de los miembros del jurado, pero son temas que se deberían aclarar desde la formalidad y con procedimientos establecidos, desde hace mucho.

Sin embargo, cosas de este tipo son naturales aquí, pues las Bienales no son parte de la tradición arquitectural. A eso se le suma la austera capacidad de gestión de sus autoridades, incapaces de gestionar un evento de manera holística espacial como temporalmente, con reglamentos claros que no estén variando o (re)creándose edición tras edición. Hasta hoy solo se han limitado a pensar en la Bienal como un evento de turno con pocos meses de anticipación, destinando dicha responsabilidad a personas aisladas, siendo síntoma vital de la poca importancia que al CAP parece merecerle el tema.

 La Bienal, todavía en pañales, tiene muchos vacíos. Quizá se deba a que luego de que esta termina todo el mundo se olvida de ella. No existe una institucionalización de la Bienal, ni mucho menos una refundación. Tampoco es un evento en donde se involucre al común de los arquitectos peruanos, donde el debate o la crítica puedan servir de soporte para una mejora. En las BAP la crítica tiene un espacio muy estrecho. 

Hoy esta Bienal da la sensación de ser un evento que se desarrolla por compromiso y mecánicamente, por una imperiosa costumbre más que por gusto o interés común. Si en verdad se pretende su continuidad y madurez, es necesario un plan a largo plazo y no estar pensándola por pedacitos.

4 comentarios:

AOZ dijo...

acertado comentario sobre una ya crónica frivolidad y poca legitimidad de las Bienales de Arquitectura. Donde se confunde afrontar problemas que lo sean con exhibir artefactos.

AUGUSTO ORTIZ DE ZEVALLOS

Michael Vargas Moya dijo...

10 años han pasado de la correcta Bienal Iberoamericana de Arq. que se realizó en Lima y debió ser el punto de quiebre para convertirse en el referente de organización de las futuras bienales nacionales. Quizás la solución podría pasar por tener una organismo autónomo encargado de organizar las bienales.
Michael Vargas Moya
CAP 13903

Max Orellana dijo...

El ámbito en que se ubican los proyectos ganadores pareciera revivir la frase aquella de que solo "Lima es el Perú", lo de "descentralizado" es solo una pose y requiere con urgencia una reformulación, o es que en el resto del país no existe arquitectura relevante y solo tenemos que conformarnos con lo que se hace en Lima?

Santiago dijo...

siempre veo policiales en mi smart tv. pero los peores son los que son reales. es ver situaciones horribles que no se pueden creer. entretenidas cuando no nos dicen que son ciertas