13 de febrero de 2015

Repensar la metáfora (y compañía)

Por Israel Romero Alamo


Con una minuciosa producción en alta calidad visual se vuelven a exponer los productos académicos del taller del arquitecto Juvenal Baracco en el Centro Cultural Ccori Wasi.

La exposición de título “Baracco 15 Talleres 2015” reúne a los mejores trabajos del 2014 en sus niveles Básicos, Huaca, Manzana, Metáfora y Vertical, ofreciendo una muestra que evidencia el amplio trabajo de los estudiantes a cargo de Juvenal Baracco y más de 25 profesores. La exposición cuenta con maquetas y paneles informativos que contienen ejercicios de diseño arquitectónico, industrial, urbano-arquitectónico y performance, según los distintos niveles del taller, pero coincidiendo todos en la característica utopía formal y espacial a la que Baracco nos tiene acostumbrados.

El taller de Baracco probablemente sea hoy el taller con mayor ‘tradición’, representatividad y difusión de los talleres de arquitectura en el Perú. Éxito conseguido por su inicio, y evolución con particular innovación, cuatro décadas atrás. Logro que ha permitido que su presencia en el ámbito arquitectónico-académico sea algo significativo. El Taller de Baracco es casi una institución.

Esto último pareciera ser la base sobre la que se ha armado la exposición del Ccori Wasi. Al introducirse uno en ella (como un ciudadano cualquiera) se percibe el sobre-entendimiento de su causa. Como si la causa de los productos mostrados se escudara bajo el nombre de su máximo autor. En la exposición, al momento de exteriorizar los productos del taller para ser mostrados al público de otros talleres o facultades, o a gente que de arquitectura sabe muy poco, se vuelve difícil contar con claridad a qué se debe tanta forma de todas las intensidades y condensada entre espacios y cartones retorcidos de no menor factura.


Exposición 'Baracco 15 Talleres 2015' (Foto: R. Asto)

¿El arquitecto como objeto?

Si bien los trabajos expuestos cuentan con solvencia productiva y con evidente inversión económica y de horas/hombre que ya quisiera tener cualquier taller del Perú, llama la atención su poca capacidad de comunicación. No se cuenta con una explicación general o a nivel macro de lo que se pretende metodológica o pedagógicamente. Es decir, para que la impresión del visitante no se remita a lo agradable o sorprendente que puede resultar tanta fantasía futurista solo por sus buenas cualidades visuales o por su acabado. Se entiende que ese no es (únicamente) lo que quiere un taller de arquitectura que hace el esfuerzo por exponerse.

La exposición parte de un apriori que es precisamente el que sea El Taller de Baracco, lo que evita –o considera innecesario– contar con alguna memoria del procedimiento o de su gestación, como si no la necesitara por el hecho de su prestigio y representatividad académica. Esto lleva a que la muestra académica (pues es de una universidad) se comporte más como una exposición de obras de arte, dejando la sensación de una exclusiva explosión inventiva y artística. Existe un demiurgo supremo capaz de justificar dicha puesta en escena con su pura silueta personal y un amplio número de expositores que se inician inconscientemente en el mundo de una arquitectura-objeto que entra por los ojos. Esto último –vale aclarar– no es por lo que pueden haber aprendido durante el taller, sino por su primer contacto con ‘el mundo real’.

Los jóvenes expositores reciben la adición de ser parte de una muestra de no poca relevancia estando expuestos junto a sus trabajos al inevitable ‘qué dirán’, del que precisamente –con justa razón– están pendientes. Se internan sin saberlo en el mundo del artista y su obra de arte. No es ya un secreto que el Taller de Baracco es un taller sumamente competitivo que, además de su intensidad, sirve para mostrarse. Es un taller que implícitamente forma arquitectos-personaje.

En la exposición, las maquetas y su apoyo visual intentan hablar por sí mismas, y efectivamente lo hacen: las descripciones en general cuentan con la incapacidad de llevar la utopía a un puerto seguro, o cuando menos de relacionarla con algún aspecto que haga que la maqueta no se quede en la nebulosa de la creatividad gratuita. Su explicación es forzada, pareciera ser una adición de postproducción. Aunque los estudiantes no tengan la culpa, es, para hacernos una idea, la justificación tipo memoria-descriptiva de casa temporal en revista de diseño interior.

No es casualidad que descripciones de ese tipo sean hoy las muletillas de la distorsión discursiva de varios arquitectos ya maduros que tratan de cubrir sus obras con un discurso muchas veces risible y bastante rebuscados como pasivo de actividades expositivas como estas. Solo que, ya profesionales, lo hacen, además, en medios físicos o páginas web. Pareciera que existe la imperiosa necesidad de justificar el objeto de comportamiento artístico con palabras que intenten un raciocinio, pero terminan siendo un adorno que cae con facilidad en el esoterismo, la metáfora, la analogía simple o en un concepto de turno. Un formalismo del más fácil posmodernismo para y en una sociedad que a 'moderna' no llega.

Esto consigue fortalecer o encumbrar la capacidad artística e inventora del proyectista, pues más allá de esa utilidad práctica, el discurso resulta irrelevante y hasta innecesario. Esto no es ni fue culpa del arquitecto en su etapa de estudiante, sino de una perspectiva equivocada impuesta por una docencia paternalista que tiene un libreto sin margen de maniobra donde impera el objeto puro y donde a este, como protagonista, le urge asirse de un discurso nupcial. Discurso, o gran idea trascendental que no puede ser encumbrado por una persona cualquiera sino únicamente por un arquitecto-artista.

¿La arquitectura como objeto?

Aunque el hecho de la exposición del arquitecto-artista y su actividad proyectual sea una opción (válida, quizás) para hacer arquitectura, el modo de operar cuenta con premisas cuestionables desde su origen teórico que parecen ya haber cumplido su ciclo de vida.

Juvenal Baracco en esta entrevista, hecha por Artificción, sostiene lo siguiente:

“Nuestro gran problema en el inicio es encontrar una fórmula para que el estudiante se introduzca en la cultura del arquitecto. Esta introducción es complicada porque –como todas las personas– cualquier cachimbo llega a la facultad con una serie de atavismos y prejuicios propios de la sociedad en que vive. El sitio donde vive y cómo vive es una carga muy fuerte. Hay que encontrar una fórmula para que el estudiante salga de eso y cuando se reintroduzca en ese medio ya sepa que él tiene las armas suficientes como para tomar decisiones; si lo que hace o lo que le sucede todos los días es bueno para él o no. Recién en ese punto puede, no solamente cuestionar lo que vive o lo que hace, sino, a la ciudad, proponer cosas. Antes simplemente es víctima de su propia memoria y de su propia ignorancia.”

Por un lado, Juvenal Baracco, con algo de razón, busca prescindir del capital cultural del estudiante para introducirlo en el mundo de la arquitectura, pues considera ello necesario para que pueda cuestionar y proponer algo, posteriormente, en el ‘mundo real’. El background cultural y/o natal es considerado casi un estorbo para efectos de la arquitectura. Y es cierto, la arquitectura y el ‘mundo real’ suelen no llevarse bien. Sin notarlo, esa afirmación sería una de las coincidencias que tendría la postura de Baracco con la del movimiento moderno que cuestiona momentos antes.

Baracco cuestiona que en el funcionalismo el principio de todo sea el programa. Sin embargo, en su práctica académica cambia al fundamentalismo funcionalista de la arquitectura moderna por un fundamentalismo de intención formalista, al que le adhiere temas particulares como el concepto o el lugar, buscándole un soporte a ejercicios formales que son, en definitiva, la columna vertebral de su trabajo. Cambia la entrega casi acrítica a la función por la entrega casi acrítica a la forma al considerar el uso (fin del funcionalismo) como algo temporal o accesorio, y a la forma como lo que sí permanece en el tiempo.

Esta (no menos válida) forma de entender la arquitectura convierte al edificio en un objeto que no tolera las modificaciones en el tiempo, y al arquitecto en alguien que cree ingenuamente que el proyecto entregado (y construido) debería permanecer inmaculado por el resto de su vida. Craso error también del movimiento moderno. Es decir, si el edificio se ve transgredido por los vaivenes de su ‘vida útil’, es mancillado o menospreciado, pierde valor como arquitectura. ¿Por qué, para algunos, la alteración del uso es anecdótica y la alteración de la forma, por el contrario, sí sería sustancial, al nivel de causar serias indignaciones en el proyectista? ¿No es porque considera a ‘su edificio’ como una obra de arte, como una arquitectura-objeto?

Esa arquitectura-objeto es capaz de existir siempre y cuando exista un genio creador, el artista que porta una idea suprema y superior a lo terrenal, apoyándose en la suposición de que ese producto artístico cuenta con una intangibilidad que le es inherente. De manera inversa a lo que piensa Baracco, esos aspectos son los primeros estorbos que el arquitecto suele anteponer a su relación con una sociedad específica que tiene, además, un capital cultural específico que muchas veces no puede –ni tiene por qué– abandonar.

Esa visión mesiánica del arquitecto y su obra resumen al principal inconveniente de la injerencia de la arquitectura en un país en el que la arquitectura importa bastante poco. Esto no significa que la solución sea prescindir de la calidad en las características físicas de la obra arquitectónica, sino que a ese ente autónomo se le incluya la experiencia de la realidad, tanto de su espacio, como de sus habitantes y de sus tiempos, aspectos que incluye el habitar y que trascienden al objeto como entidad solitaria; o al menos incluir la conciencia de la insuficiencia de un edificio, al punto de desacralizarlo. Sin embargo, el arquitecto no podrá cumplir con ese fin si no se baja los humos y, sobre todo, si sigue considerando a su obra como un objeto finalizado y consumado cuando él ha dejado de proyectar. 

Quizá por ello tiene sentido el planteamiento implícito de una exposición donde el arquitecto en formación y su producto académico se muestran juntos, pues yace de manera explícita el rol del arquitecto-artista que crea una arquitectura-objeto.

Esta manera de entender la arquitectura, aún practicada por varios talleres (y difundida por décadas en varias ciudades del Perú) pero repensada y cuestionada también ya hace varios años, hoy carece de vigencia, más en entornos como el nuestro en el que la arquitectura no es una 'prioridad'. La incomprensión de una maqueta académica expuesta o del discurso florido que la acompaña y la incomprensión de los requerimientos arquitectónicos (y sus posteriores modificaciones) por el cliente que toma los servicios de un arquitecto, no son producto de la casualidad.

El luchar porque la arquitectura sea importante manteniendo su estructura mesiánica es absurdo. Como bien dice Baracco al final de la entrevista, "hay cosas más importantes en la arquitectura", y claro que las hay.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Concuerdo con que no se expone claramente TODA la metodología del Taller 15 en las exposiciones anuales y que tampoco los paneles explicativos lleguen a explicar a cabalidad los trabajos realizados.

Nunca lo imaginé, pero forme parte del Taller 15 durante 6 ciclos de mi dilatada carrera universitaria de 12 ciclos. Y pues, nunca lo imaginé porque al igual que Israel Romero desde cachimbo analicé con ojo crítico donde formarme como arquitecto.

Claramente recorrer la exposición del T15 aflora una serie de sensaciones en una persona y da una ilusión tan plástica que al no estar claramente fundamentada llega a crear un tipo de incredulidad que este pueda ser verdaderamente un buen Taller de Arquitectura, la misma sensación que uno tiene cuando va a una exposición de pintura y se encuentra con un lienzo en blanco con un punto rojo en medio o cuando se escucha música experimental carente de una lógica musicalmente formal. Y obviamente como cualquier ser con el conocimiento suficiente como para creer que lo sabe todo y criticar lo que perciben sus limitados sentidos decidí iniciar mi carrera lo mas alejado del Taller 15 de Baracco.

Habiendo pasado ya por los demás talleres y habiéndome decepcionado más de unos que de otros, decidí, a regañadientes, por buscar una enseñanza de calidad, entrar al tan polémico y tan criticado por mi, T15. Ingresé en el bloque de metáfora, con la mentalidad de: "Hago cualquier cosa que se vea bien y apruebo", craso error el mío pues casi jalo el ciclo por mi egocentrismo. Aprendí que hay mucha investigación detrás de cada idea concebida y fue la primera vez que investigué realmente algo de mi interés para producir algo para una problemática específica, ya no eran las vanas investigaciones de los demás talleres sobre vías y demás cuadros extraídos del INEI, ahí nació mi inclinación hacia la investigación y mi descubrimiento de que no hay que dejarse llevar por las apariencias.
Hasta ese momento fue el curso que había abierto y despertado mas intereses en mi que cualquier otro curso de mi media carrera. Es así que decidí continuar en el bloque de Vertical donde efectivamente descubrí que nada es como parece, y nada es como lo descrito en el artículo. Existe mucha investigación detras de cada proyecto y cada uno de esos estaría a la altura en nivel de contenido e investigación que cualquier proyecto de fin de carrera desarrollado en dos ciclos de otra renombrada universidad.

No digo que Baracco cree mejores o peores arquitectos pero sin lugar a dudas es un gran pedagogo con una bien pensada metodología y con un gran grupo de profesores respaldándolo que hacen nacer en un joven arquitecto como yo intereses y habilidades que luego podrán ser usadas por cada quien según su enfoque de la arquitectura.

Baracco no impone métodos ni formas y mucho menos es un arquitecto modernista como se trata de catalogar en este artículo. Mientras haya investigación y coherencia entre esta y el resultado planteado no hay problema, es mentira que crea arquitectos-personajes y es mentira que todos los proyectos son de formas caprichosas.

Ismael, te invito a ir a las exposiciones el día de la inauguración, hablar con los alumnos, hablar con los profesores, interesarte un poco más sobre los temas de los cuales escribes, sin tener más que dos fuentes de información, tus ojos y un extracto completamente descontextualizado de una entrevista.

Creo que tienes muchas cosas que aprender porque en tu caso no existe una verdadera investigación y pocos criterios de valor para hablar de todo un taller, de una manera tan rebuscada como la de los arquitectos que tu y yo criticamos.

Gran error el tuyo de criticar algo por su apariencia y tal vez debas interiorizar más la frase "hay cosas más importantes en la arquitectura", Porque lo que sí puedo afirmar es que un arquitecto no se forma simplemente en taller sino en su verdadero interés de formación que con las herramientas aprendidas puede lograr llegar a ser un buen arquitecto.

CARLOS TAPIA CHAVEZ dijo...

La arquitectura es lo que el Arquitecto desea que sea.

Y si no has estado en el T15, tu crítica queda sin fundamento, mi estimado Israel