7 de marzo de 2015

Alternativa (o miedo) al Curtain Wall

Por Israel Romero Alamo


Los últimos concursos que ha tenido el Perú han dejado más cosas que la arquitectura aliada al democrático acto de la competición abierta. ¿Cómo abordar un edificio institucional con un lenguaje arquitectónico que contemple aquello en lo que el arquitecto cree? La relación con el espacio público, la prioridad por la actividad humana o el respeto por lo que hay alrededor, entre otras cuestiones de primer orden que el arquitecto asume de antemano.

El principal aspecto que salta a la luz es la negación. Se sabe lo que no se debe hacer. En cuestiones de expresión arquitectónica (y su relación con la ciudad), el encerrarse tras muros es error mortal y el forrarse en vidrio un perjuicio que además alardea de un alarmante ‘pésimo gusto’. Es atentar contra el medio y el ambiente respectivamente.

Esto último es lo que hacen los más pegados a la rentabilidad y a un pragmatismo casi ingenieril; no tienen mayor reparo en invertir toneladas de vidrio para cubrir de pies a cabeza sus edificios sin siquiera mostrar interés por su justificación. Tal es el caso de Arquitectónica con una imaginación mediocre como la que plasma en sus torres entre Javier Prado y Vía Expresa, o el caso de Gresham Smith & partners con pretensiones mayores que no consiguen despegarse de los quiebres y recovecos de la Clínica Delgado.

Por eso los arquitectos con algo de sentido común no recurren a dichas soluciones, y si las usan tratan de hacer mención a algunas de sus pocas facultades positivas (aceptadas por convención). En el caso de la adicción por los grandes ventanales: el tener un mayor dominio visual de lo que hay más allá del cristal, por ejemplo.

El alejamiento de las obras de ascendencia directa al boom de la construcción –que tanto suele encantar al ciudadano no-arquitecto–, se ha hecho más claro en algunos proyectos que intentan buscarle alternativas al encierro y al hoy tan perverso Curtain Wall. Al menos así lo muestran varios de los proyectos ganadores de los concursos UTEC (2011), Parque Zonal Santa Rosa (2012), Museo Nacional (2014) y Concytec (2015) por arquitectos, en su mayoría, relativamente jóvenes.

Frente a la necesidad de concretar una edificación con intereses en principios arquitectónicos progresistas o lo que se entiende como buena arquitectura, los proyectistas tácitamente (pues ese no es el objetivo principal de cada uno de los trabajos en mención) toman mano de un término medio que evite el encierro de sus frentes pero que ya no caiga en el negativo muro cortina. Soluciones que el arquitecto entiende como menores pero que contradictoriamente, al momento de mostrar la obra, adquieren un protagonismo natural.


En orden de ubicación: construcción del proyecto ganador del concurso Parque Zonal Santa Rosa (-foto de- Aldo Facho); proyecto ganador del concurso Museo Nacional (Alexia León, Paulo Dam, Jose Canziani, Luis Marcial); proyecto ganador del concurso Concytec (José Antonio Quiroz); proyecto que obtuvo el tercer puesto en el concurso Concytec (Llama Urban Design).


En el concurso UTEC, Javier Artadi (segundo lugar) opta por una celosía romboidal. Aldo Facho en el concurso Parque Zonal Santa Rosa (del que resulta ganador) contempla una trama cuadriculada de bloques huecos de concreto. Alexia León y equipo dividen en dos el volumen del proyecto ganador del Museo Nacional otorgándole al superior un entramado cuadriculado. José Antonio Quiroz y Mariana Leguía (primer y tercer lugar en el concurso Concytec respectivamente) también dividen en dos sus respectivas composiciones, dándole a las partes superiores un enmallado cuadriculado que terminan convirtiéndose en los protagonistas de su expresión.

En la mayoría de los casos la cita argumentativa se remite a una (necesaria) relación visual interior-exterior y con un manejo ambiental que se entiende superior al no tener al edificio encerrado y/o completamente forrado. A esto, ya de manera accesoria, se le suma el tema del material con algún fin específico (Concytec) o la relación con alguna cuestión metafórica (UTEC).

No se trata sólo de una fachada. Aunque pareciera ser relativo, estas coincidencias son importantes, sobre todo por eso, porque son inconscientes: porque albergan algo más significativo que hablar de acabados o mil maneras de cerrar un vano. Todas estas propuestas logran consolidar una expresión tipo ‘cota de malla’ (que obviamente no es de ahora pero) que pareciera ser la nueva solución más adecuada y menos extremista hoy: un imprevisto convencimiento individual y colectivo. Ésta considera los objetivos progresistas de sus proyectistas y la capacidad de flexibilidad del material y la forma, con la facultad adicional de que le viene bien cualquier discurso.

Tiene sentido también que los respectivos jurados sintonicen de manera instintiva con una arquitectura que no pierde de vista sus fines liberales y comunitarios. Por el contrario, los proyectos encerrados con ventanas de metro cuadrado no son válidos por su recuerdo medieval –es decir premoderno–, ni tampoco los forrados en vidrio (reflejante) por su explícita carga neoliberal.

Sin embargo, estas alternativas a los siempre rechazados lenguajes (pre y) posmodernos aún parecen estar lejos de lo aceptado por el común de la población. Al resto de gente el Curtain Wall o las ventanas cuadradas de casita de la pradera no les parecen mal, todo lo contrario: o les da lo que consideran moderno, o les remite a un bucolismo ancestral. La separación entre esto último y el paradigma del arquitecto con buenas intenciones es axiomática y para varios irreprochablemente válida. Hay una suerte de miedo por lo desconocido o el qué dirán (de sus colegas) y poco interés por las posibilidades que pueden tener el reflexionar y crear a partir de lo políticamente incorrecto.

Últimamente la expresión arquitectónica –y con estos ejemplos se hace evidente– ya no parte desde las trincheras más dogmáticas. En detalles: no con grandes ventanales enmarcados y levitantes, como los del movimiento moderno y sus versiones más recientes, sino con una apariencia más sutil, que suponga una conversación, un ‘debilitamiento positivo’ o una conciliación entre el dogma y maneras más seculares. Para eso la fachada ‘cota de malla’ se ha vuelto –por el momento– un objeto útil. Diciéndole no a lo premoderno, no a lo moderno ortodoxo y no a la posmodernidad. Una fracción de arquitectura que significa, más que un frente perforado por modulación, una postura detrás, quizás indeterminada y con poco autocercioramiento. Quizás a lo ‘celosía de balcón limeño’… con algo de medias tintas, como el ‘mirar sin ser visto’.

2 comentarios:

marcos dijo...

Buen articulo.

José Carbonel Villanueva dijo...

Y el uso de esas celosías quiere decir que la orientación del proyecto es... La celosía es una piel o lleva una carpintería incorporada, o será que tras esa piel está el indeseable muro cortina? Me parece o estos proyectos no han alcanzado madurez tecnológica.
Buena publicación!